jueves, 12 de junio de 2008

HÁBITAT, TECHOS Y MORADAS (2008)

TEXTO INTRODUCTORIO
Desde épocas remotas el ser humano ha tenido la necesidad de ocupar un lugar para vivir. En esa “vivienda” mantenía a buen recaudo sus pertenencias, se protegía de las inclemencias del tiempo, daba cobijo a su gente cumpliendo actividades cotidianas propias de un núcleo familiar y poco a poco, a medida que se fue estructurando la sociedad, le servía para relacionarse con el prójimo.
Con el correr de los años y a lo largo de diversas etapas se impuso la conveniencia de agruparse para disfrutar de servicios compartidos que facilitaban la relación individual y de los grupos familiares entre sí, estructurándose pequeños colectivos, aldeas, pueblos (agrupados en comarcas) y más tarde, con el advenimiento de núcleos urbanos, se consolidó la necesidad de disponer de alojamientos mejor estructurados para el disfrute de los habitantes de cada lugar.
Dependiendo de la disponibilidad económica de cada quien, se fueron construyendo viviendas para uso en propiedad o en régimen de alquiler (pisos, apartamentos o casas). En todas partes, la disponibilidad de una vivienda apropiada constituye un desideratum legítimo para individuos o familias y suelen tomarse como algo prioritario en el momento de calcular el costo de la vida. Por razones principalmente económicas y en especial cuando el monto de los intereses para préstamos destinados a la vivienda es razonable, hay sitios del mundo en los cuales vale la pena el esfuerzo de disfrutar de “techo” propio. Ser propietario constituye una ventaja y, para algunos, un signo de estatus.
Durante las diversas etapas de mi vida, primero durante mi infancia y adolescencia y más tarde durante mi etapa adulta, en la madurez y la vejez, he residido en muchos sitios diferentes y lo he tomado como motivación para escribir estas líneas a propósito de una muy peculiar situación que se presenta ya cumplidos los 70 años y que ha generado una sana polémica en el seno de mi familia.
Necesario es advertir que aparte de aquellos sitios en los cuales he residido desde que me independicé de mis padres y por motivos profesionales, en el resto, ha sido mi esposa Haydée la encargada de tomar las decisiones en esta materia. También ha sido mérito de ella, el haber tenido buen olfato para las operaciones inmobiliarias que nos han permitido vivir en ambientes acogedores, decorados dentro de las limitaciones de cada etapa, pero con confort y especialmente con buen gusto.
Por mi parte, con el correr de los años me he ido adaptando a las mudanzas de rigor y he desarrollado un especial gusto por todo aquello que tiene que ver con embalar y aprovechar al máximo los espacios disponibles. Por otra parte, debo reconocer que mi afición por lo que los franceses han bautizado con el término “bricolaje”, no sólo me ha servido de mucho, sino que por añadidura lo he disfrutado. No recuerdo ninguna de nuestras viviendas sin la disponibilidad de un buen número de herramientas, pinturas
y brochas de todo tipo, material eléctrico diverso, escaleras y demás enseres, sin mencionar una mesa de trabajo con la herramienta de mayor utilidad, el llamado tornillo de banco.
Quiere decir que inicio este relato con la convicción de que se trata de un asunto banal, muy personal, y que me va a permitir relatar sumariamente, los sitios en que he habitado, cómo eran sus techos (de eso se trata, de tener un techo) y en ciertos casos haré referencia al entorno inmediato: al barrio, urbanización o localidad.
INFANCIA
PASEO DE SAN JUAN, BARCELONA
(lugar de nacimiento)
Nací la madrugada del 14 de febrero de 1934 en un apartamento del Paseo de San Juan (intersección con la Calle de La Industria). Era un séptimo piso y la comadrona asistió a mi madre durante las primeras horas del día. Allí mismo se celebró mi bautizo en compañía de un grupo numeroso de familiares. Era un edificio prototipo de la época, sin rasgos arquitectónicos relevantes donde la familia vivía confortablemente. Lamentablemente no conozco más detalles y no tengo a quién acudir para lograrlos. Lo único que aparentemente está claro es que no estuvimos allí demasiado tiempo, entre otras cosas, porque yo era muy inquieto y mis padres consideraron que los ventanales no ofrecían suficiente seguridad. Por ese motivo decidieron mudarse al Barrio de Gracia.
BARRIO DE GRACIA, BARCELONA
La calle era estrecha y se trataba de la planta baja de una casa pequeña, propiedad de un familiar de mi madre. Se accedía por unas cortas escalinatas y el entorno era el propio de ese barrio. Su ubicación le permitía a mi padre atender sus múltiples obligaciones. La proximidad con los sitios de trabajo le permitían regresar cómodamente al hogar por encontrarse ubicada en un lugar céntrico y de esa forma estar juntos el mayor tiempo posible. Las actividades cotidianas de mi madre se limitaban a hacer la compra en el mercado, ir de tiendas, salir de paseo con algún familiar o conocidos y atender a su primer vástago de la mejor manera posible. Fue allí en donde tuvieron lugar los acontecimientos que ocurrieron en Barcelona, antes de la monstruosa guerra civil. Lo que sobre el particular yo conozco, ha sido explicado por mis padres y lo he relatado con anterioridad.
ÉPINAL – LA CHAPÉL au BOIS, FRANCIA
En el libro “A toda vela” relato con cierto detalle el camino seguido durante la emigración de la familia Grases Galofré, desde Barcelona a Caracas. El contacto para nuestra llegada a La Chapéle au Boix se logró por intermedio de la familia García, conocidos de un amigo de mi padre, Modesto Rivera y de un tío de mi madre, tío Ángel. Me entero de que probablemente hubo de por medio un cruce de favores; mi padre, logró para algún miembro de la familia Rivera un visado para poder salir de Barcelona con el compromiso de permanecer temporalmente en algún lugar de Francia.
Justo enfrente de la familia Montie, había un pequeño castillete que se conocía como le Château des Spagnoles, propiedad de la familia García. Me he enterado recientemente que fue allí en donde estuvimos los primeros días de nuestra estancia en esa localidad y también donde tuve una caída por una escalera de madera, con el infortunio de una fractura del antebrazo. Ahora entiendo porque asocio esa etapa de mi vida con una escalera. Es un hecho que la familia García Cuartiella aún recuerda, así como una complicación que yo no conocía y es que padecí una alopecia areata como consecuencia del shock traumático. Esa familia me ha relatado recientemente la angustia de mi madre ante ese inesperado evento; se me caía el pelo a mechones.
En Épinal a 14 km de la Chapéle au Boix fue en donde mi padre tenía contacto con los comerciantes de fruta mallorquines que en su momento le respaldaron en esa difícil etapa de su vida y en donde mi hermano Pepe nació en manos del equipo del obstetra doctor Laflot. Épinal, al este de Francia, a unos 70 Km. al sureste de Nancy, está dividida en dos partes por el rio Mosela. No sólo se conoce por ser sede del Museo Internacional de Imagenería Popular, sino que además allí se asienta una próspera industria de imágenes, litografías y grabados. También se conoce como un centro artesanal de algodón y fibras artificiales.
Tal como he dicho, a los pocos días nos mudamos a la casa de los Montie que quedaba justo enfrente del Château des Espagnols y que fue posteriormente adquirida por los dueños de una de las fruterías. Era una casa con planta baja, primer piso y desván, con techos de pizarra negra soportada por vigas de madera. Esa casa sufrió, años después, un incendio y se perdió íntegramente.
VENEZUELA - MARACAY
La ciudad de Maracay es la capital del estado Aragua (Venezuela). Se encuentra localizada en los fértiles valles del centro-norte del país y los terrenos donde hoy se encuentra el centro urbano, fueron otorgados originalmente al conquistador español Sebastián Díaz de Alfaro en el siglo XVI. Esas tierras se utilizaban en ese entonces como terrenos de pastoreo y para cultivar la caña de azúcar y cacao.
Andrés Bello en su Resumen de la Historia de Venezuela se refiere a Maracay como apenas una aldea, que gozaba para ese entonces de todas las apariencias y ventajas de un pueblo agricultor. Agregaba, que sus inmediaciones anunciaban desde muy lejos al viajero, el genio activo de sus habitantes.
Los inicios de su transformación urbanística y económica tuvieron lugar durante la administración del General Gómez, quien residió en la ciudad desde los comienzos de su gobierno. En 1917 pasa a ser la capital del estado (previamente lo era La Victoria). Durante las décadas de los años 20 y 30 se instalan numerosas industrias manufactureras, se construyen centros asistenciales, hoteles, lugares de recreación y se aprecia una mejora sustancial de la vialidad urbana.
Nuestra llegada a la ciudad a fines de la década de los 30 fue previa a la migración interna procedente de los Andes y de los llanos originada por las oportunidades de trabajo. Hago referencia a esta circunstancia porque Maracay presentaba para ese momento los rasgos propios de una pequeña ciudad con los encantos de una vida sosegada, sin prisas, sin edificios y sin las molestias de la contaminación visual y acústica. Es cierto que era una población calurosa y húmeda, pero aún no se habían construido edificios, la vegetación era abundante y tenía el esplendor y el vigor propios del clima tropical.
A nuestra llegada nos instalamos en la casa de unos familiares. Jaume Pou y su esposa Angelina (prima de mi madre), protagonistas de excepción para la decisión que tomaron mis padres de trasladarse a Venezuela en busca de nuevos horizontes. Llegamos al puerto de La Guaira en agosto de 1937 e inmediatamente nos trasladamos a la vivienda que Jaume y Angelina tenían en Maracay. Yo apenas tenía algo más de tres años y medio, y aunque resulte poco creíble, los meses que estuvimos en Maracay, dejaron una huella imborrable.
La vivienda en referencia era la típica casa colonial de clase media, de una sola planta, con tejado de terracota rojiza, con patio central y un zaguán de entrada, es decir, un corto corredor entre la puerta principal y la puerta de acceso a la vivienda. Se llegaba a unos porches internos, algunos techados con caña amarga y con travesaños de madera redonda, que servían de distribución para acceder a las dependencias de la vivienda. Que duda cabe que se trataba de una típica casa colonial.
Primera impresión: mucho sol con una luz vivaz propia del trópico y muchas plantas de un verdor vigoroso y refrescante. Como hubiese sido el caso de cualquier otro niño, para satisfacer la curiosidad lo primero que se me ocurrió fue ir al patio posterior en donde había un gallinero a “régimen abierto” (eso sí lo recuerdo sin ninguna duda) y además unos árboles frondosos. Entre ellos debía haber un mango, porque también lo asocio con mi primer desarreglo digestivo como consecuencia de haber consumido el fruto antes de su completa maduración; una imprevisión por desconocimiento del tema.
Otras cosas las he escuchado en conversaciones familiares sobre esa etapa en Maracay y que ahora aprovecho para comentar. Jaume era dueño de una próspera quincalla en donde se vendía de todo, incluidos víveres y se facilitaba la compra de bebidas (incluyendo las alcohólicas). Era un buen negocio y Jaume tenía la pinta de ser un comerciante próspero y generoso. Recuerdo su mirada franca, sonreía con facilidad y vivía acompañado de un buen puro habano. Angelina, la prima de mi madre era una mujer muy hermosa y a la vez atractiva. He escuchado comentar una de esas anécdotas no aptas para niños que con el tiempo he logrado confirmar. El dictador Gómez, famoso por su afición a las mujeres, logró un día verla paseando por la calle y quedó prendado al extremo que ordenó averiguar de quien se trataba con la finalidad de “invitarla a palacio”.
Algún otro recuerdo impreciso. Una visita de fin de semana a una playa del litoral aragüeño a través de un parque de ensueño, repleto de árboles gigantescos y frondosos, con lianas al estilo de las películas de Tarzán. De la playa, la viva impresión de un mar muy movido con olas “gigantescas” y también de muchas palmeras muy próximas al agua. No podría decir cual fue la localidad. Ha debido ser Choroní, Cata o Turiamo (tampoco lo recuerdan mis padres) pero lo que si es fácil, es darle identidad al frondoso bosque, el Parque Henri Pittier, nombrado así en honor del célebre botánico alemán que se dedicó durante muchos años al estudio de la flora y de la fauna de esa región montañosa en el norte del estado Aragua.
¿Es acaso posible que un niño de poco más de tres años y medio, pueda haber experimentado esas vivencias y tenerlas como recuerdos propios? No lo sé. Puede que haya algo de fantasía, y luego, lo que se logra al revivir esas experiencias es que sirvan para afianzarlo. De más está decir que he vuelto a Maracay muchas veces y que siendo joven la recuerdo con algunos cambios pero con el mismo esplendor de la naturaleza tropical.
Más adelante me referiré a la arquitectura colonial con mayor detalle, a propósito de la construcción de la casa que habitamos durante algo más de dos décadas en las Lomas del Club Hípico de Caracas.
Como resultado de los contactos de mi padre en Caracas, la posibilidad de suspender las actividades comerciales que nos daban sustento, por otras vinculadas al ejercicio de labores docentes, trajo como resultado nuestro traslado a esa ciudad.
NIÑEZ Y JUVENTUD TEMPRANA
CARACAS
La capital de la Venezuela de esos años era de una ciudad pequeña que conservaba su núcleo central integro. Su población a finales de la década de los 40 y comienzos de los 50 era de unos 400.000 habitantes. Ubicada en un valle de unos 11 km de longitud y a casi 1.000 metros de altura, el núcleo urbano terminaba por el este en lo que constituye hoy la plaza Venezuela y por el oeste, en la urbanización El Paraíso. Sabana Grande y La Vega podían considerarse como suburbios y el río Guaire servía de límite por el sur y las faldas del Ávila por el norte. Para los que conocen la ciudad del siglo XX y a comienzos del XXI, no sorprenderá que relate el recuerdo de la Hacienda Ibarra como una hacienda productora de caña de azúcar en los terrenos actuales de la Ciudad Universitaria, o que mencione la existencia de un “puente de tablillas” que daba acceso a tierras que ahora corresponden a Las Mercedes, camino hacia Baruta y El Hatillo, esta última, localidad para ir a temperar en busca de aire puro. Prados del Este eran colinas cubiertas de gamelote y vegetación baja, excepción hecha de algunos árboles dispuestos al azar. Aún recuerdo de esa época los viajes en tranvía desde San Bernardino a lo largo del valle, pasando por Chacaíto y en dirección a Petare con paradas en Chacao y en los Dos Caminos. Lo que ahora son La Castellana y Altamira eran bosques repletos de mangos y había varias quebradas con aguas impolutas.
La temperatura correspondía a la del clima tropical modificado por la altura, con neblina matutina en las faldas de las montañas y en las colinas del sur de la ciudad, períodos lluviosos (en ocasiones torrenciales) alternando con épocas generosamente soleadas y con signos evidentes de sequedad. Estos cambios cíclicos producían contrastes notables en el verdor de la vegetación baja de la ciudad, aunque siempre quedaban los árboles frondosos, particularmente abundantes en la parte noreste del valle. Todo ello podía percibirse desde puntos diversos de las partes elevadas de la falda del Ávila con accesos por senderos diversos. Era la visión reconfortante de un paisaje que fue cambiando a partir de los años 50 y de ahí en adelante, en virtud del desarrollo de numerosas urbanizaciones y con la creación de una vialidad vertebrada por la autopista del este (incluidos sus distribuidores) que permitían conectar las urbanizaciones del este con el centro urbano.
Todo ello coincidió con períodos de bonanza económica y por lo tanto con el incremento significativo del poder adquisitivo de una parte de la población, con la adquisición de vehículos particulares y el funcionamiento de medios de transporte colectivo y con la construcción no sólo de viviendas unifamiliares, sino también de edificios, tanto en el centro urbano como en los suburbios.
LA FLORIDA
En esta urbanización al noreste de la ciudad, sucesivamente vivimos en cuatro casas diferentes. Eran sitios residenciales propios de la clase media y una buena parte de los amigos de la familia residían relativamente cerca. De todos ellos recuerdo a los Vallmitjana (Abel, Pepis y Marta), los Esclasans (Ramón, Fina, Juan Ramón y Pepe), los Lluch (Luis, Montse y Montsita), los Vila (Marco Aurelio, Josefina, Eudaldo, Elisenda y Eulalia, más tarde llegó Enrique), Pepe Roig (y más tarde Helen Simón). Había además un destacado gastroenterólogo catalán, Mario Cortés, casado en segundas nupcias con una noruega de nombre Ina y su hija Inita, que vivían en una hermosa casa ajardinada, en una colina de la misma urbanización. Eran, como si dijéramos, los mecenas de ese grupo de refugiados con la mejor disposición para ayudarnos en lo que hiciese falta.
QUINTA COSCORRÓN
Nuestra primera vivienda en Caracas, llevaba el nombre de Quinta Coscorrón. Era pequeña, armónica, tenía un pequeño porche de entrada y el recuerdo que tengo es de un sitio acogedor, con un espacio justo para la familia (mis padres y dos criaturas), con un jardín muy pequeño y un garaje independiente. Eso sí, siempre llena de gente y en conversación animada. No podían faltar los temas económicos. Bastaría recordar que era una época de “vacas flacas” y se notaba. Ello hacía que viésemos con alguna envidia la manera de vivir de ciertos vecinos en comparación con la nuestra. Aunque no eran los más adinerados, disfrutaban de una holgada posición económica como era el caso de la familia Franceschi. Por cierto, como el mundo es “un puño”, hay una nieta que vive ahora en Barcelona. En dirección opuesta y haciendo esquina, se encontraba una auténtica mansión de una familia cuyo nombre no recuerdo pero que apabullaba, no sólo por la casa, sino por el número de criados (incluidos chofer y jardinero) y por la fastuosidad de las fiestas que celebraban.
Así arrancamos, siempre con la convicción de que las cosas irían mejorando. Para tener una idea de lo que significaba el valor de la moneda en esa época (1938-1939), un amigo de la casa hacía referencia a la compra de un flamante automóvil por 2.000 bolívares. Lo que hoy en día se paga en Caracas por comprar el periódico y tomarse un café.
Mi padre inició su actividad dando clases particulares, el el Instituto Pedagógico de El Paraíso y también en el Liceo Fermín Toro de Caracas. Poco tiempo después se vinculó a la Biblioteca Nacional. Mi madre, como siempre, estuvo al frente del hogar y estaba encargada de hacer malabarismos con los recursos disponibles. Parece mentira que desde tan corta edad hubiese sido capaz de percibir matices de ese tipo y que les recuerde como si hubiesen ocurrido ayer. Se trataba de un ritmo de vida realmente austero y la familia disfrutaba de cosas no necesariamente vinculadas con el dinero. Comentaré más adelante lo que ocurrió en el momento en que mi padre comenzó a comprar los libros que requería para sus investigaciones humanísticas. En la Quinta Coscorrón no había sitio para una biblioteca en forma, dependencia que se convirtió en indispensable más adelante, como luego veremos.
QUINTA KETTY
La Quinta Ketty era una vivienda de dos plantas, más amplia para dar cabida a una experiencia que habría de resultar muy enriquecedora. La familia Grases Galofré decidió vivir bajo un mismo techo con la familia Vallmitjana Alemany. Por nuestra parte continuábamos siendo mis padres y sus dos hijos (mi persona y Pepe) y los Vallmitjana Alemany tenían solo una hija, Marta. No tengo recuerdos de la vivienda, fuera de que esta se encontraba en una calle con pendiente y de los altercados que se producían con uno de los vecinos, debido a las travesuras de mi hermano Pepe. Este tenía la extraordinaria habilidad de “tirar la piedra y esconder la mano”. Mi condición de “más tranquilo” traía como consecuencia que siempre cargaba con las culpas por cuenta ajena. También recuerdo, que viviendo con los Vallmitjana aún había más visitantes e inclusive llegamos a tener algún refugiado español como huésped. Su apellido era Casanovas y de ahí la relación con otros peninsulares como era el caso de Casulleras. Helen Simón continuaba siendo cortejada por Pepe Roig hasta que la petición de mano fue considerada y aprobada al cabo de un tiempo por “el colectivo” en sesión plenaria (Quinta Aránzazu). De hecho en Venezuela, Helen no tenía familiares que pudiesen dar respuesta inmediata a la petición de mano formulada por Pepe Roig. Este era un hombre educado, buen comerciante, de trato afable y porte elegante. Jamás llevaba encima vestimenta con arruga alguna y sus trajes y zapatos eran realmente envidiables. De esa época también recuerdo la llegada de Juan Bofill, de la familia Benaiges y de los Isern, a quienes me referiré más adelante.
Recuerdo vagamente otros detalles. Los pequeños íbamos al Colegio América ubicado en La Florida. Marta y yo fuimos siempre excelentes alumnos a juzgar por las calificaciones y por la valoración de nuestros maestros. Yo tenía una gran afición por el dibujo y recuerdo haber salido en la portada de una revista del Ministerio de Educación, en una pose que daba fe de mi aplicación por esa disciplina. De esa época también recuerdo que uno de los Esclasans (Jorge) tenía en su casa, muy cerca del colegio, un laboratorio de química que disponía de una muy diversa cristalería, mecheros, balanzas, tubos, alambiques, toda clase de papeles de filtro y especialmente, un surtido de productos químicos que eran nuestra delicia. Cuánta ilusión no me hacía obtener permiso para quedarme a la salida del colegio, experimentando en aquel laboratorio maravilloso. Jorge era bastante mayor que yo y tenía paciencia para enseñarme cosas nuevas. Años después íbamos juntos todos los domingos al Centro Catalán a jugar tenis.
No quisiera olvidar el relato de mi condición de paciente con difteria. Como es sabido se trata de una enfermedad infecciosa aguda de la faringe y de la laringe, originada por una bacteria capaz de causar un exudado blanquecino que en un momento determinado compromete la permeabilidad de las vías respiratorias. El llamado crup diftérico está descrito como una complicación grave de la enfermedad que puede requerir de una traqueotomía. La fiebre me hacía delirar y la sensación de molestia en la garganta era un martirio. En ese entonces aún no había antibióticos. Recién se había descubierto la sulfamida como agente antimicrobiano de aplicación clínica. Recuerdo vivamente la pinta del pediatra que tuvo a su cargo tratarme (el Dr. Angulo). Era un hombre enjuto, de piel aceitunosa y de talante severo. Pero lo cierto es que utilizando sueroterapia específica, logró mitigar mis molestias y curarme. Como consecuencia de ese tratamiento, quedé sensibilizado de por vida al suero de caballo. Esas proteínas extrañas las recuerda mi sistema inmunológico y cada vez que las encuentra, mis defensas se activan porque son dañinas. Cada vez que he necesitado de una vacuna antitetánica (obtenida inmunizando un caballo), tengo una reacción indeseada en el sitio del pinchazo, fiebre, malestar y en una ocasión compromiso leve de mis glomérulos renales.
QUINTA ARÁNZAZU
De nuestra permanencia en la urbanización La Florida, fue en esta casa en donde más tiempo vivimos. Algo más espaciosa, sirvió para alojar cómodamente a ambas familias. Además vivían en casa mi tía Angelina y Helen Simón.
Aquí sí tengo el vivo recuerdo del despacho de mi padre con numerosos libros y papeles. Por primera vez recuerdo que disponíamos de ayuda para las tareas domésticas, señal de que la situación económica había mejorado. Mucho espacio no debía haber, porque los más pequeños (Pepe, Marta y yo mismo) dormíamos en el mismo cuarto. Parte de los desencuentros eran producto de ver a quien le correspondería
levantarse para apagar la luz. A mi hermano Pepe le aterrorizaba la oscuridad y cuando le pedían que fuese a buscar algo en algún sitio a la penumbra o en lugar oscuro, siempre encontraba alguna excusa; prefería escabullirse, antes de correr el riesgo de no encontrar el interruptor. Viviendo en esta casa nació mi hermana María Asunción. Un verdadero misterio, ya que nunca tuvimos una explicación satisfactoria a la hora de indagar por qué mi madre tenía el vientre prominente. Había indicios de que algo tenía que ocurrir, porque logramos detectar debajo de la cama de mis padres una gran palangana que presagiaba la llegada de un nuevo inquilino.
Fueron años deliciosos. Tal como ya he relatado en otras ocasiones, la Quinta Aránzazu era el sitio de encuentro de artistas, escritores, poetas, músicos y muy en especial, era el sitio en donde ensayaba la Coral Catalana. El viejo Gols era su director, y realmente era una delicia disfrutar de la música coral a cuatro voces, escuchada furtivamente desde el último peldaño de la escalera que conducía al piso de arriba. Recuerdo que la disciplina obligaba a cenar antes que los mayores y en mesa aparte; desde luego que ir la cama estaba regido por un horario riguroso que impedía a veces participar en las tertulias de los mayores. Quizás esa disciplina sirvió de algo a pesar de que no llegábamos a entenderlo. Contábamos con los amigos de la urbanización y ocasionalmente obteníamos permiso para disfrutar de nuevas experiencias visitando sus hogares. En la esquina de abajo recuerdo a la familia Matos. Gente muy adinerada que tenían una mansión llamada Campanario. Más abajo había una casa de abasto que a pesar de quedar relativamente cerca, resultaba todo un martirio a la hora en que se nos encargaba alguna compra. Se llamaba “La Nueva” y allí había de todo.
De vecinos en la casa colindante tuvimos a la familia de José Antonio Vandellós. Este había llegado a Venezuela un poco antes que los Grases Galofré y su condición de abogado, economista y experto en estadística, dio pie para que contribuyese muy positivamente en diversos temas económicos de la nación. Estoy enterado de que en 1945 dejó Caracas con dolencias cardíacas, residenciándose en Nueva York donde falleció posteriormente. Su hijo Ramón, algo mayor que yo, también ha fallecido.
VILAFRANCA DEL PENEDES (PROV. DE BARCELONA ESPAÑA)
CALLE MARTIRES 11
Cuando mi padre se desplazó a Washington en el Distrito de Columbia para disfrutar de una beca de la Fundación Rockefeller en la Biblioteca del Congreso, nos encontramos con una insalvable limitación. El año 1945 había concluido la Segunda Guerra Mundial y regresaban a los Estados Unidos, no sólo los soldados que habían tomado parte en los frentes de la guerra, sino que los primeros contingentes del personal militar y civil que prestaba apoyo logístico también retornaron a su patria. Conseguir vivienda se convirtió en algo sencillamente imposible. Fue por ello que después de permanecer unas semanas en el Hotel Colón de Washington, se decidió que papá permaneciese en Washington y el resto de la familia viajara a España. Aún era invierno y recuerdo los rigores del clima frío, especialmente en la escala del vuelo en Terranova en previsión para atravesar el Atlántico con destino a la Península Ibérica. En el aeropuerto había verdaderas “montañas de hielo”, como resultado de la limpieza de las pistas de aterrizaje.
Esta etapa de transición en Vilafranca del Penedès, tierra natal de mis padres, tenía varias ventajas. Por una parte disfrutamos de vivienda libre de cargos, ya que nos alojamos en casa de mi abuelo por parte de madre, José Galofré y en la vivienda de mi abuela paterna, Mercedes González. Por otra parte estar entre familia y conocidos de mis padres, significó un valioso apoyo. Pépe, María Asunción y quien escribe éramos unos chavales. Yo estaba por cumplir los 12 años, mi hermano era dos años menor y mi hermana, también menor, era un “terremoto” en el buen sentido de la palabra.
Al llegar nos repartimos: mi hermano y yo nos instalamos en la casa de mi abuela Mercedes y mamá y María Asunción en el apartamento de mi abuelo Galofré. Eran hogares disímiles en cuanto a confort y régimen de vida. Mi abuelo era un próspero comerciante que se dedicaba con mi tío a la venta de telas y género de punto. Vilafranca era un pueblo grande que servía a los habitantes de pequeños pueblos de la comarca del Penedés. El mercado de los sábados era el día para el intercambio de productos de la más diversa naturaleza. Contemplarlo era una “gozada” ya que uno se sentía transportado al pasado. Ese día, libre de tener que asistir al Instituto en donde estudié mi primer año de bachillerato, me dedicaba a ayudar a mi abuelo en la confección de paquetes para los clientes a la vez que dedicaba una buena parte del tiempo disponible a hacer de cajero con un rigor digno de empleado bancario. Aún recuerdo el cierre de caja al concluir cada jornada y afortunadamente siempre cuadraron las cifras.
La casa de mi abuela Mercedes (viuda de Pablo Grases) era una de las tantas que fueron inicialmente propiedad de “La Rosa”, una de mis dos bisabuelas. Era una mujer extremadamente lista que se dedicaba a comerciar con ganado vacuno y lanar. Llegó a amasar una considerable fortuna que invertía en propiedades. En el pueblo se comentaba que llegó a ser la propietaria de más de cincuenta inmuebles. Esa fortuna se fue perdiendo con el correr de los años a medida que pasó a manos de los descendentes.
Como he mencionado la casa de Mártires 11 fue heredada por mi abuelo Pablo y muy cerca había otras que pertenecían a la misma familia incluida la casa “pairal”. Había además muchos corrales y otras propiedades ubicadas en la calle de la Beneficencia que también fueron repartidas. A mi abuelo le tocó el corral de las ovejas. Esta vivienda (en Mártires 11) tenía muy poca fachada y a ella se entraba a través de un portón que daba al piso de entrada. Constaba de tres pisos y un desván y de ella recuerdo el frío intenso del invierno, la escasa iluminación, el patio trasero con su pozo y un portón posterior que daba a otra calle y muy en especial un cuarto muy bien amueblado llamado el “cuarto del obispo”. Por lo visto, allí durmió un obispo y sólo era utilizado para esos menesteres. De ese ambiente envidiaba un baño muy bien provisto, pero se daba el caso de que ninguna de las dos dependencias se podían utilizar. Era la España de la posguerra con las limitaciones propias de esa etapa y necesariamente sujeto a un régimen de gran austeridad para que los recursos alcanzaran. La España de esa época todavía funcionaba con las limitaciones que precedieron a la influencia norteamericana que habría de llegar más adelante.
La cocina funcionaba con fogones de leña, la nevera era un cajón que en su parte superior tenía un espacio destinado a la colocación de una panela de hielo y las tareas de limpieza se cumplían sin el beneficio del famoso “mocho”, que por cierto, fue ideado por un español. El suelo se fregaba arrodillándose y la disponibilidad de agua caliente era exigua. La higiene personal se limitaba a un baño con ducha de tanto en tanto y el aseo personal se lograba a base de una esponja con jabón de aceite y con el recurso de agua templada en los fogones.
A pesar de las limitaciones, que eran particularmente severas durante el final del otoño y del invierno, guardo muy gratos recuerdos de esa casa. Vivimos allí con mi abuela Mercedes, con mis tíos Antonio y Rosita y con mis primos Antonio y José María. Pepa, la encargada de colaborar en las labores de limpieza y de la cocina, así como la responsable de hacer las compras diarias en el mercado, era una mujer de mal genio pero en el fondo un alma de Dios. Pequeña, enjuta y con una voz aflautada, infundía respeto cuando había que ponerse a tono ante alguna travesura o indisciplina.
Esa casa fue heredada por mi primo Antonio y su familia (Sagrario y sus tres hijos). Cuando la derribaron, han debido encontrar dos de las cosas que mi abuela había escondido con gran sigilo. Por una parte había una cubertería de plata para el servicio completo de 24 personas que nunca llegué a entender porqué no se usaba. Cuando yo le preguntaba, me insistía en que esas pertenencias no eran para ser usadas y que formaban parte del patrimonio de cada familia. También me insistía en voz baja, y con las precauciones propias de una muy delicada confidencia, que tenía tapiadas un buen número de “duros de oro”. Se da el caso que durante la guerra civil, no atendió el primer llamado de las autoridades franquistas imponiendo la entrega de los objetos de oro, aunque sí lo hizo más tarde cuando solicitaron los de plata a instancia de mi abuelo José Galofré. Éste le hizo ver que si no lo entregaba tendría dificultades porque conocía de alguien que estaba dispuesto a denunciarla. Quiero dejar constancia de que nunca llegué a ver con mis ojos lo que mi abuela supuestamente había guardado con tanto celo, pero por otra parte, no existía en ese momento motivo alguno para que me lo hubiera contado con tanto secreto y exigiéndome silencio al respecto.
Por último, quiero hacer referencia a lo que estaba guardado en las desván. Habían libros, papeles con recortes diversos, grandes provisiones de papel de fumar, latas con decorados diversos al igual que su contenido (una de ellas tenía monedas de diversa procedencia y algunos billetes de banco antiguos). Se encontraban también, soldaditos de plomo, una colección de cromos con banderas de diversos países y fotografías en tono sepia de gentes y lugares que para mí eran un verdadero enigma. También cachivaches de latón, madera o de peltre e inclusive utensilios viejos de cocina. En honor a la verdad, por la manera como estaban dispuestas las cosas, tenía todo el aspecto de un trastero en donde algunos utensilios se encontraban en aparente orden y otros estaban más bien arrumbados con intención de someterlos al olvido eterno. Pasé allí muchas horas hurgando en un mundo de utensilios y objetos desconocidos que incitaban mi curiosidad. Al mismo nivel y a través de una pequeña puerta, se tenía acceso a un balcón desde donde podía disfrutarse de la luminosidad del sol en días de invierno y contemplar los patios internos de algunas viviendas colindantes.
CAMBRIDGE (MASSACHUSETTS, EE.UU.)
Estando mi padre en Washington y a punto de finalizar su estancia en el Biblioteca del Congreso, recibió de la Universidad de Harvard una oferta para trabajar como profesor visitante en el Departamento de Lenguas Romances. Harvard pertenece al Ivy League. Este término se utilizó para englobar a un grupo de universidades con equipos de football americano y por extensión se utiliza también para referirse a un grupo exclusivo en el que se incluyen centros de enseñanza universitaria americana de primer nivel. Harvard figura conjuntamente con Columbia, Brown, Darmouth, Yale, Cornell, Princeton y la Universidad de Carolina del Norte, entre las instituciones de alto prestigio, ingentes recursos y usualmente ubicadas en pequeñas ciudades con escasa población.
Al aceptar ese cargo académico y trasladarse a Cambridge, culminó nuestra permanencia en Vilafranca del Penedés. Coincidió con la llegada a este mundo de mi hermano menor Manuel, quien viajó vía aérea desde Madrid a Boston con el resto de la familia teniendo apenas un par de semanas. Por cierto que se trataba del recién nacido de menor edad que había cruzado la ruta del Atlántico Norte en un avión de cuatro hélices con presurización precaria. Este hecho está registrado en la prensa de la capital del estado de Massachusetts como un verdadero acontecimiento.
En Cambridge, ciudad sede de la Universidad, nos alojamos en Irving Terrace, en la casa de Miss Golding. Una típica matrona americana entrada en años pero con un extraordinario vigor. La familia Grases Galofré se instaló en la planta baja, en la siguiente planta y con entrada independiente vivía la dueña y en la buhardilla nos alojábamos mi hermano Pepe y yo. Era una casa propia de la clase media baja, construida íntegramente de madera, con un pequeño jardín delantero y un patio con tendedero en la parte posterior. Tengo el recuerdo de muchas manos de pintura superpuesta en las maderas y tuberías exteriores. También una escalera exterior que daba acceso a nuestra habitación y que emitía toda clase de ruidos a nuestro paso. Nuestras guerras de almohadas los fines de semana, perturbaban la tranquilidad de Miss Golding y en más de una ocasión se vio obligada a poner orden acudiendo a nuestro dormitorio, obligándonos a serenarnos bajo amenaza de severas amonestaciones.
De esa etapa tengo muy buen recuerdo, pero en las dos oportunidades que he vuelto a visitar la casa, no logré ubicar ni la vivienda de Irving Terrace, ni el colegio en donde estudié el septimo grado de bachillerato.
Del Longfellow School en la calle Broadway me vienen a la memoria algunas cosas. Era el típico high school de esa época, sin los desmadres de ahora y con un alto nivel educativo. La instrucción que recibíamos estaba destinada a grupos relativamente pequeños y a pesar de tratarse de una institución educativa pública se contaba con muy buenos recursos (laboratorios, biblioteca, auditorio y patios de juego). De todo, lo que recuerdo con mayor aprecio, eran las clases de carpintería que impartía Mr. Fletchner. Un taller de primera con toda clase de herramientas, con un celo muy especial para que aprendiéramos a trabajar sin riesgos y con instrucciones precisas para protegernos. Jamás llegue a pagar un céntimo por la madera o por los accesorios que utilizamos en la confección de cada una de las piezas. Al terminarlas las llevábamos a casa. Recuerdo que mi primera pieza fue un colgador de trajes. Después le siguieron taburetes, estanterías, un atril, un trineo y finalmente un columpio con la silueta de un caballo que colgué a un árbol en el jardín de la casa de Arlington. También recuerdo mi participación en una obra de teatro de corte histórico en donde mi intervención consistió en entrar a escena y decir “What about Delawer”. Como puede verse lo mío era la carpintería. Por cierto, me he enterado que el colegio como tal (primaria y secundaria) ya no existe. A pesar de las protestas de la comunidad, fue clausurado y el edificio está destinado a actividades culturales y cívicas.
A pesar de mi corta edad (12 años) recuerdo vivamente muchas cosas de la Universidad de Harvard. Claro está que lo que voy a relatar ahora incluye vivencias posteriores. De todas maneras, debo decir que, haciendo uso de mi memoria visual, y muy en especial, habiendo prestado atención a los señalamientos de nuestro padre cuando visitábamos con él el campus y las edificaciones más emblemáticas, mucho de lo que he percibido en visitas posteriores ha refrescado mi memoria. Lo digo porque el campus, con césped bien cuidado y numerosos árboles, muchas veces era lugar de encuentro de mi padre y sus alumnos. Hay que decir que a él lo veneraban por su valía y por tener un talante abierto. Lógico era que a sus hijos los trataran con especial afecto. Recuerdo entre otras muchas cosas la ceremonia de Comencement (final de curso), acompañarle a la Widener Library a consultar algún libro o documento, ir al Fogg Museum en donde por cierto vi mi primer Picasso, o ir a comer al Harvard Club. Disfrutar de todo aquello me parecía un privilegio. Ya para ese entonces y aunque aún no había definido mi vocación profesional, sabía del prestigio de la universidad en temas médicos y de que existían hospitales y bibliotecas de mucho nivel. Pero no llegué a visitarlas porque estaban ubicadas a mucha distancia de Harvard Square.
ARLINGTON (MASSACHUSETTS, EE.UU.)
Mientras estuvimos en Cambridge se presentó la oportunidad de ocupar la casa de un filólogo de gran prestigio, de origen navarro y emigrado a Argentina, el profesor Amado Alonso. El y su esposa Joan eran muy amigos de mi padre y en el momento que, en disfrute de un año sabático viajaron al exterior, le ofrecieron a nuestra familia ocupar su vivienda en Arlington a las orillas de un pequeño lago (Spy Pond). Una delicia, yo supongo que lo que para nosotros fue un privilegio, tuvo la contrapartida de que le cuidáramos y mantuviésemos la vivienda. Fue una operación beneficiosa para ambas familias. La vivienda era regia y con aires de country house. Techo negro, fachada blanca, amplios balcones, sala comedor y habitaciones confortables. El jardín consistía en una suave pendiente y el acceso al portón principal tenía una bifurcación que permitía acceder a la despensa. Por primera vez en la vida experimenté lo que significa hacer compras de víveres y comestibles con descuento. Desde el automóvil hasta la despensa, nos disponíamos todos formando una cadena humana y de mano a mano terminábamos colocándolo en su sitio.
Nuestro vecino era aficionado a las tareas de jardinería y bricolaje. Yo venía de España en donde los hombres no solían dedicarse a esos menesteres y llegó el momento en que le pregunté a mi padre quién era y por qué dedicaba los fines de semana a tales tareas. Resultó ser el Decano de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Harvard.
¿Que más puedo relatar de esos meses idílicos?. El aire puro, los días soleados, el entorno tranquilo y con la sensación de vivir en un lugar seguro. Nadie echaba llave a los coches o a las puertas de la casa. Las bicicletas y juguetes permanecían en el jardín e inclusive en plena calle durante toda la noche. Recuerdo los paseos en una barca en las claras aguas del Spy Pond y en general una vida al aire libre llena de gozo.
Desde esa vivienda iniciamos el regreso a Venezuela. Aún recuerdo que entre nuestras pertenencias, regresamos con un automóvil Chrysler de parachoqes cromados imponentes. Ese vehículo llamó la atención en Caracas y no tengo el más mínimo recuerdo de cúal fue su destino final. Que duda cabe que todas estas vivencias van marcando y de alguna manera resultan un auténtico privilegio. Recordar estas cosas constituyen un motivo de regocijo, hay que aceptarlo.
ADOLESCENCIA
CARACAS - LA FLORIDA
PENSIÓN LOS JARDINES

A nuestro regreso nos instalamos en La Pensión los Jardines, propiedad de la familia Kamitzer, emigrada desde Alemania como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. Allí sufrieron los rigores de la persecución nazi por ser judíos. Eran gente de bien y como los padres ya eran mayores, el hijo Miguel ejercía las funciones de encargado del negocio con gran eficiencia y profesionalidad.
La pensión propiamente era una vieja casona con muchas habitaciones, acondicionada para dar alojamiento a los huéspedes de muy diversa procedencia. Los Vallmitjana tuvieron la suerte de alojarse en una casita vecina a la cual se tenía acceso por el jardín y utilizaban las instalaciones centrales del salón-comedor. Mis padres y mi hermana María Asunción estaban alojados en habitaciones confortables, en cambio a mi hermano Pepe y a mí nos asignaron en una mini-habitación del traspatio que apenas servía para pasar la noche. No obstante, guardo un recuerdo grato, en particular porque desde el inicio de nuestra estancia, tomamos conciencia de que se trataba de un acomodo transitorio.
De hecho no sólo era una pensión con los atributos propios de un trato afable entre unos cuantos vecinos cuya relación era muy estrecha por razonas de “proximidad física” ; funcionaba además como un restaurante vegetariano de cierto renombre. Quiero decir con ello que nuestro menú no vegetariano era el resultado de un trato de excepción. No por ello probábamos de vez en cuanto platos “disfrazados” con nombres que simulaban su procedencia animal.
Miguel era un buen conversador y tenía un espléndido repertorio de chistes y cuentos alemanes que eran muy apreciados durante los ágapes. No por ello dejaban de tener por la forma de contarlos y por la manera en que se esperaba una respuesta del interlocutor cierta “gracia criolla”. Los Kamitzer vivían en su residencia de Los Palos Grandes y se desplazaban en un Peugeot indestructible que era ponderado a diario como el vehículo más eficiente, fiable y confortable en comparación con otros del mismo tipo. Miguel era aficionado al tenis y a pesar de ser un soltero empedernido, en el corto tiempo que vivimos en la pensión se le conocieron varias novias atractivas.
No he tenido noticias sobre el paradero de esa familia. El padre murió poco después de nuestra partida. Era un cardiópata de pronóstico reservado. Su mujer era una típica matrona alemana. Cuando hablaban entre ellos o cuando por algún motivo daban instrucciones, resultaba evidente la rudeza del idioma.
Nos mudamos a una nueva vivienda el la avenida San Miguel de La Alta Florida, principalmente para disponer de más espacio.
ALTA FLORIDA (AVENIDA SAN MIGUEL)
QUINTA JACOSELA
Esta nueva vivienda sirvió para ampliar espacio ya que llegó desde España un hermano de Abel Vallmitjana, de nombre David, en compañía de su esposa Elvira y de Víctor, un joven dos años mayor que yo. Decidieron hacer “piña” y claro, la quinta Aranzazú quedaba pequeña. Si lo que he relatado en cuanto a ambiente “artístico” ocupaba parte de nuestras vidas (además de estudiar y jugar), con David tuve el privilegio de vivir muy de cerca las delicias de un taller de orfebrería de muy buen nivel, en un espacio relativamente reducido, pero suficiente para llevar a cabo sus tareas artísticas. Su habilidad para la elaboración de joyas, medallones, placas y toda clase de ornamentos metálicos le llevó a una situación de privilegio, ya que recibía encargos de todo tipo y se mantenía muy activo.
Recuerdo muy gratamente el taller, así como los instrumentos y materiales que utilizaba desde la maqueta o bosquejo dibujado a mano suelta, hasta el encargo de los estuches en donde se colocaban las obras para su entrega. El mesón de trabajo guardaba un estricto orden; lo que necesitaba lo encontraba enseguida y no se cansaba de insistir en que ése era un elemento fundamental para que le rindiera el trabajo. Por un lado tenía dispuestos en estantes o colgados en una superficie de madera los instrumentos. Mi curiosidad hacía que le preguntara qué utilidad tenía cada uno y ver luego la manera como los utilizaba dependiendo de la obra que estuviera creando. Había buriles, cinceles, mazos de madera o martillos de cincelar, limas, treficas, trépanos, una terraja para hacer roscas, sierras muy finas que colocaba con esmero en el porta sierras, así como una prensa, una pulidora de banco, crisoles para fundir metales, un tas, una trefica y un soplete de acetileno para las soldaduras de rigor. Había además una estufa y una centrífuga para el vaciado de metales fundidos en los moldes de cera. La cera de dentista, era eso, la misma cera rosada que utilizaban los dentistas de esa época y que aún hoy se usa. Se usaba además ácido bórico, ácido sulfúrico, bora brea (o pez) y una piedra pómez.
En su taller se trabajaba principalmente con plata, oro, cobre y también con aleaciones de diverso tipo. En ocasiones combinaba los metales con diferentes tipos de madera (algunas muy duras) y con piedras de color y texturas muy diversas. Muy raramente utilizaba piedras preciosas. Ahora bien, no se limitaba a la orfebrería, David también esculpía aunque en su gran mayoría eran piezas pequeñas. Yo vivía todo aquello con deleite. Las obras en barro, si era menester se llevaban a fundir en bronce en otro lugar, en donde se preparaban los moldes de yeso para el vaciado del metal y finalmente se retocaba en donde hiciese falta para lograr el acabado final. En el taller que más tarde se montó fuera de nuestra vivienda, David llegó a hacer una réplica de la espada del Libertador Simón Bolívar y también un vistoso collar de perlas que el presidente Rómulo Gallegos le llevó de regaló a la hija de Truman, en su visita oficial al país del norte.
Abel Vallmitjana tenía su taller fuera de la casa y principalmente se dedicaba a la pintura, aunque fue pionero en el empleo de materiales diversos que combinaba con acierto. Del empleo del óleo, cambió luego a la pintura con acrílicos llegando a utilizar materiales distintos al lienzo (cartón piedra, madera y papel grueso de envolver). Más tarde realizó obras combinando la pintura con tela e inclusive agregaba arena o material granulado de origen mineral con lo cual se sentía muy a gusto. Abel era además un excelente escultor y prueba de ello es que hay obras suyas que han quedado como legado de sus habilidades artísticas no solo en Venezuela sino también en Italia. En su madurez, se separó de su mujer Pepis Alemany y se casó en segundas nupcias con una sobrina de Miguel Otero Silva. Con éste adquirió un palacete en Arezzo, corazón de la Toscana, en donde pasó sus últimos años rodeado de un ambiente artístico, literario y musical. Vivió para el arte y tenía una especial sensibilidad por todo aquello relacionado con la cultura y la música. Sus restos descansan en el cementerio de Arezzo.
Victor, el hijo de David y Elvira Vallmitjana, era un joven disciplinado y buena gente. Con él hice una buena amistad que más tarde nos llevó a viajar juntos a Buenos Aires para continuar nuestros estudios de medicina. A ello me referiré más adelante.
El modus vivendi en la quinta Jacosela estaba en manos de las “mastresas” de la casa. Se turnaban cada semana. El régimen era austero ya que la situación económica no era boyante. Los más jóvenes aprendimos a reconocer cuál de las tres era la más tolerante en el régimen de consumo de los refrescos y golosinas, principalmente helados. Si lo recuerdo bien era nuestra madre, pero en todo caso fue una experiencia digna de mención ya que no es fácil convivir en armonía con otras personas y en nuestro caso éramos tres familias. Ese régimen se vio interrumpido por razones que no recuerdo con detalle pero lo cierto es que jugó un papel fundamental la decisión de mis padres de hacerse un techo propio en la Urbanización La Castellana. La escogencia del sitio fue considerada como un arrebato de locura porque el solar para llevar adelante la construcción de esa vivienda se encontraba ubicado en medio del “monte”. El este de Caracas en ese entonces estaba constituido por pequeñas poblaciones (Chacaíto, Chacao, Los Dos Caminos, Petare y otros) que se encontraban separadas unas de otras por zonas baldías o fundos repletos de vegetación silvestre. En ese sitio de La Castellana, residencia de la familia Grases Galofré hasta el momento en que escribo este relato, solo había otra casa, la de una familia alemana de apellido Aue, que es actualmente sede de la Mutual de Asistencia Médica Sanitas. Está superpoblado y ha dejado de ser una zona residencial.
ADULTEZ
CARACAS – LA CASTELLANA
AVENIDA MOHEDANO 9 / QUINTA VILAFRANCA
Como he señalado, nuestra casa de La Castellana fue la segunda construcción en un paraje que aún siendo frondoso, tenía todo el aspecto de encontrarse distante de la ciudad. Se bautizó con el Nombre Quinta Vilafranca en homenaje a Vilafranca del Penedés, pueblo natal de mis padres en la comarca del Penedés de la Provincia de Barcelona.
Lo más próximo era el pueblo de Chacao, que en ese momento era más bien un pequeño núcleo suburbano con viviendas unifamiliares de cierto aire colonial, una iglesia con su plaza, un mercado, la sede del Concejo Municipal, una escuela y la sede del cuartel de policía. A lo largo de la calle principal que constituía el eje viario desde Chacaíto a Petare, había varias tiendas, casas de abasto, una farmacia y uno que otro consultorio médico u odontológico.
Lo único que recuerdo es que ya existía el trazado de las calles y avenidas de la urbanización y que se disponía de agua y electricidad. En diagonal con la esquina de nuestra parcela había un altísimo chaguaramo y por ello esa calle se denominaba calle Los Chaguaramos. Enfrente de nosotros estaba una solitaria vivienda, la de la familia Aue.
Nuestra casa fue diseñada y construida por un aparejador catalán de apellido Valls, estimado como un profesional competente dentro de la colonia catalana. Recuerdo que en las labores de limpieza y acondicionamiento del terreno para hacer las fundaciones se consiguieron unas enormes galerías subterráneas de origen algo enigmático. Como es natural fue necesario rellenarlas para comenzar la obra. En la parcela contigua, que años después fue adquirida por mi padre, había varios caballos pastando, según recuerdo.
No quiero ni pensar lo que costó la vivienda aún sabiendo que esa cifra en bolívares de los años 40, no tenía nada que ver con el valor de la moneda que circula ahora. De todas maneras lo recuerdo como algo asumible y de enorme significación. Pensemos que era nuestro primer techo en propiedad y que ha sido hasta la fecha nuestra vivienda familiar. Los materiales utilizados eran los de esa época. Una estructura de hormigón (concreto armado), paredes y cerramientos de ladrillo rojizo (arcilla cocida), techos inclinados recubiertos de tejas, un tanque para agua en la parte superior (entre ambas aguas), salón comedor, estudio, tres habitaciones, dos baños, cocina, pantry, patio de secado, cuarto de servicio y un garaje. El jardín pequeño pero bien cuidado. Tanto el césped como los árboles se dan con facilidad en el trópico, máxime si se dispone de un suelo con abundante tierra negra, como era nuestro caso. En sus inicios la separación con la acera era una valla de poca altura, que más tarde fue reemplazada por una valla de concreto de considerable altura para mitigar la contaminación acústica y por razones de seguridad.
Mi padre tenía un despacho-estudio muy acogedor en donde recibía la visita de sus amigos, compatriotas, colegas, políticos (algunos en ejercicio de sus cargos, incluidos varios ministros y algún presidente)- Igualmente acudían visitantes del exterior, quienes venían por recomendación de algún conocido en busca de información y consejos. Ese despacho, a partir de mediados de 1949, fue sede de la Comisión Editora de las Obras Completas de Andrés Bello y durante varias décadas trabajaron allí dos secretarias y los miembros de la Comisión se reunían para llevar adelante sus tareas.
Dos años y medio después fue necesario ampliarlo y se construyó una biblioteca grande en el segundo piso con una habitación adicional, un baño y un pequeño trastero. Allí me instalé yo. La construcción de las estanterías para ese nuevo ambiente se encargaron al Sr. Prades, ebanista español que emigró a Venezuela y que ya había construido los muebles del despacho. Por cierto, fue él mismo quien me ayudó con los pares de cañahuato cuando años más tarde construimos nuestra casa de las Lomas del Club Hípico.
BUENOS AIRES (ARGENTINA)
CALLE CHACABUCO
Cuando en 1951 se produjo una revuelta importante con participación estudiantil contra el dictador Pérez Jiménez, este clausuró la Universidad Central de Venezuela y muchos escogimos a Buenos Aires, la capital de Argentina para continuar nuestros estudios. Inicialmente mis padres contemplaron la posibilidad de que viajase a los Estados Unidos, pero la situación allí para la juventud comenzaba a dar muestras de deterioro en lo referente al consumo de drogas y a la falta de disciplina. Se consideró preferible que viajase hacia el sur en donde mi padre tenía buena relación con un impresor, el Sr. José María López, a quien acudió para que me acogiese y orientara durante el tiempo que hiciese falta.
Así fue, me inscribí en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Buenos Aires y en ella cursé los primeros tres años de mi carrera. Viajé a esa capital en compañía de Víctor Vallmitjana y coincidimos allí con un número considerable de estudiantes venezolanos, quienes cursaban medicina y otras carreras.
Mi primer techo en Buenos Aires estuvo ubicado en una de las principales arterias de la ciudad, la calle Corrientes. Era célebre por su actividad constante hasta altas horas de la madrugada. En esa misma pensión vivían otros compañeros de la Facultad un poco más adelantados que yo y que provenían de ciudades de la provincia.
Buenos Aires era para ese entonces una gran urbe con una población autóctona que se había mezclado con numerosos emigrados europeos (mayoritariamente españoles e italianos, aunque también habían inmigrado importantes grupos de ingleses, franceses, alemanes y polacos). Estos grupos contaban con prensa en el idioma nativo e inclusive llamaba la atención, porque tenían hospitales propios que fueron creados inicialmente para atender a los miembros de esas nacionalidades. Todo esto, aunado a las características de sus edificios, de la vialidad, de la existencia de numerosas plazas y parques y en su conjunto por el ambiente que se respiraba, hacia que Buenos Aires fuera llamada “París de Sur América”. Había además multitud de teatros (entre los que destacaba el prestigioso Teatro Colón), salas de cine y una red de bibliotecas distribuida estratégicamente por toda la ciudad y encabezada por la espléndida Biblioteca Nacional. La calidad de sus hoteles y tiendas y la multitud de restaurantes de muy buena calidad, eran igualmente elementos diferenciales que le conferían un sello de distinción.
En esa época el puerto de Buenos Aires, uno de los más activos del mundo, había servido para las exportaciones de alimentos que habían mitigado las penurias de la Segunda Guerra Mundial. En efecto, Argentina en su condición de potencia agropecuaria durante esos años se conoció como el “granero del mundo”. Recuerdo haber hecho un par de viajes a las provincias del interior. Se podían hacer por carretera o por tren centenares de kilómetros a través de campos repletos de siembras de trigo y otros cereales y de una cantidad impresionante de ganado, principalmente vacuno y lanar.
Mis años en Buenos Aires coincidieron con el mandato de José Domingo Perón y de su esposa Evita. Era impresionante el magnetismo que el dictador ejercía sobre la población y la verdad es que hizo llegar al pueblo un bienestar sin precedentes, aunque fuese a costa de un régimen duro y mal administrado.
En otro libro, “A toda vela”, he descrito con más detalle el nivel de los estudios médicos. Buenos profesores, muchos hospitales y facilidades para prepararse bien. En los hospitales públicos, en comparación con las clínicas privadas, había ciertas limitaciones en la disponibilidad de equipos e insumos modernos. Pero en cambio había inquietud para investigar y en general se tenía acceso a información bibliográfica. Argentina conjuntamente con México iban a la cabeza en la publicación de libros y revistas sobre temas biomédicos.
A los tres meses de mi llegada, decidimos que el “régimen” de la calle Corrientes no era el apropiado para estudiantes. Recuerdo por ejemplo que después de medianoche, al concluir la sesión de repaso de las materias del pensum, salíamos a cenar por segunda vez a algún restaurante de la calle Lavalle para degustar un delicioso bistec de carne de res al punto, con papas soufflé y morrones. Nos cambiamos a otra pensión en la calle Chacabuco. Ahí el nivel de vida era más austero y recuerdo que la habitación que compartía con Víctor Vallmitjana estaba construida sobre la terraza y parte de sus paredes eran de vidrio. Resulta superfluo mencionar que el frío invernal era muy intenso y el calor del verano sofocante. De cualquier forma guardo gratos recuerdos de esa época. En efecto, la familia López cumplió el papel supervisor y de soporte que mi padre le había encomendado, aunque mucho no podía hacerse con la asignación mensual de 70 dólares que se había convenido con mis padres. Esto contrastaba con la situación de otros estudiantes venezolanos, que haciendo uso del valor cambiario del bolívar de ese entonces vivían como “reyes” en apartamentos alfombrados y rodeados de toda clase de lujos. Aunque muchos de ellos no llegaron demasiado lejos en sus estudios.
Cuando me tocaba iniciar el cuarto año de la carrera, estuve de vacaciones en Caracas y por razones que no viene al caso relatar en este momento, decidí quedarme para continuar en la Universidad Central de Venezuela. Como en Buenos Aires no me convalidaron todas las materias del primer año cursado en Venezuela, quedé rezagado un año en comparación con mis condiscípulos que se quedaron en el país y prosiguieron en universidades del interior sin perjuicio académico. Es por ello que en mis últimos años hice contactos con compañeros distintos. En la práctica aunque celebro los aniversarios de graduación con los que acudimos juntos a recibir nuestro título profesional, también he mantenido relación con unos cuantos colegas que me llevan un año.
De regreso a Caracas viví con mis padres en la Quinta Vilafranca de la Avenida Mohedano de La Castellana, hasta mi boda con Haydée Briceño en mayo de 1959. Nuestra luna de miel nos llevó a visitar varios países de Europa y a los tres meses regresamos a Caracas.
CARACAS – LA CAMPIÑA
APARTAMENTO DE PEPIS
De regreso de nuestra luna de miel residimos por unos meses en un apartamento propiedad de Pepis Vallmitjana, ubicado en una primera planta con acceso directo desde la calle y en un edificio convencional en la Urbanización La Campiña de Caracas. Durante la travesía de regreso en barco, Haydée no se sintió bien durante casi todo el trayecto. El diagnóstico estaba entre un aborto en evolución o una gestación tubárica ectópica. Mi experiencia como ayudante en intervenciones quirúrgicas me llevó a considerar la posibilidad de que fuese yo mismo el encargado de actuar como primer cirujano en caso de que la situación empeorara. La pinta del médico a bordo era tan lamentable (propia de un aficionado a la bebida) que no me quedó más recurso que mentalizarme en esa dirección, después de haber agotado la búsqueda de algún pasajero con habilidades quirúrgicas mas fiables que las de un recién graduado. No fue el caso y por fortuna llegamos a desembarcar con una leve mejoría que llegó a darnos falsas esperanzas en el momento de comenzar esa nueva etapa de nuestras vidas. Recuerdo que subí a mi flamante esposa en brazos hasta su lecho en el apartamento y la visita a uno de mis profesores en la Facultad, para que nos diese su opinión experta sobre la situación. No fuimos afortunados y nos tocó resignarnos con entereza y con la convicción de que sería necesario intentarlo de nuevo. Nuestra ilusión por tener un crío era muy grande y fue así como “encargamos” a nuestro vástago Pedro Ignacio, antes de viajar a los Estados Unidos.
Fue una época de arranque con recursos muy limitados. Es necesario recordar que nos habíamos casado la estricta intimidad familiar, solicitando que los regalos de boda fuesen en efectivo y claro, al regresar, no teníamos nada. Fuimos equipándonos muy modestamente, ya que yo había decidido prepararme para una carrera docente y había desestimado desde el inicio de mi actuación profesional, la vinculación con una clínica privada para obtener ingresos adicionales. Por cierto que tardé más de quince años antes de aceptar dicha opción.
Continué con mi trabajo en el Instituto Anatomopatológico de la Universidad Central de Venezuela hasta que logré una beca y una posición de residente de anatomía patológica en los EE.UU. para continuar con mis estudios de especialización.
ELOISE (MICHIGAN, EE.UU.)
Nuestra corta permanencia de una pequeña población entre Detroit y Ann Arbor en el estado de Michigan, estuvo directamente vinculada con el traslado al país del norte para trabajar como residente de Anatomía Patológica en el Wayne County General Hospital, ubicado en esa población. Con motivo de la visita a Caracas del Dr. Emmanuel Gould, jefe del Servicio de Anatomía Patológica y atendiendo la propuesta suya de que continuase mi segundo año de entrenamiento en su servicio, la acepté con gran ilusión. Yo había solicitado una beca que me fue otorgada por el Ministerio de Sanidad y Asistencia Social de Venezuela, con la finalidad de continuar formándome como patólogo en el exterior.
Fue así como viajamos a Eloise (Estado de Michigan) y alquilamos una pequeña casita aparejada con el mínimo espacio necesario. Antes de alquilarla, estuvimos unos días viviendo en el apartamento de Jesús Enrique González y su esposa Mariela. Su acogida y orientación para encontrar alojamiento fue para nosotros un gesto que siempre hemos recordado con agradecimiento. Henry, como era llamado, ya era residente de Patología en el mismo Hospital en donde yo me incorporé.
Recuerdo esa etapa por lo ajustado de nuestro presupuesto, a pesar de que además del sueldo como médico del hospital, teníamos el monto adicional de la beca. El entorno no era demasiado atractivo. A fin de cuentas Detroit era una ciudad predominantemente industrial. Por fortuna el hospital estaba afiliado a la Universidad de Michigan y en Ann Arbor, ciudad sede de esa prestigiosa universidad, las cosas eran distintas. El ambiente estaba fuertemente condicionado por el campus universitario, más armónico, relativamente tranquilo y con mucha vegetación por todos lados. Al principio nos desplazamos hasta allí con frecuencia, más tarde con el rigor del otoño-invierno y por el embarazo de mi esposa se nos hizo más difícil movilizarnos.
Guardo un recuerdo enternecedor de esa etapa. Éramos literalmente unos críos. Una pareja muy joven, esperando su primer hijo y abriéndose paso en un país extraño, con la finalidad de optar por una preparación profesional más sólida, siempre pensando que al regresar a Venezuela podía ser especialmente importante. Cuando recuerdo que nuestra mesita de noche era el baúl empleado para el traslado de nuestras pertenencias y que nuestra decoración eran reproducciones de obras de pintores clásicos que formaban parte de colecciones de impresos sueltos, que sin ni siquiera enmarcar, habíamos colocado en alguna de las paredes desnudas. El mobiliario era realmente minimalista, no por ser de esta tendencia artística, sino porque contábamos con lo indispensable para comer y ver la televisión sentados. No es necesario que haga referencia al tipo de construcción. Las paredes eran de cartón piedra, los pisos de linóleo y el techo era también de material sintético imitando la piedra de pizarra. En pleno invierno, con nevadas copiosas, llegamos a acumular nieve con un espesor que superaba el metro y en muchas ocasiones estuvimos a menos 10 o 15 grados centígrados. Aparte de las inclemencias del frío en sí, había que agregar la tarea de despejar a punta de pala la nieve de la entrada, sacar la que se había acumulado encima del automóvil (no teníamos garaje) y luego afrontar los 10 minutos de conducción al hospital en medio de calles llenas de una mezcla de sal, polvo negro y agua nieve. Para compensarlo aprovechábamos los fines de semana y días festivos para hacer excursiones a un sin número de parques situados a corta distancia, con mucha agua y una vegetación espléndidamente cuidada.
Al cumplirse los primeros seis meses tomé la decisión de que ésa primera etapa de mi formación podía mejorarse. Fui admitido en el Instituto de Patología en Washington y allí iniciamos una nueva etapa. Yo tenía allá contactos con gente que me dio apoyo y entendió que era el momento de proseguir de una manera más ordenada. Me aceptaron para cumplir con un programa rotativo por las diversas secciones especializadas de esa prestigiosa institución y de esa forma se me dio la oportunidad de profundizar en cada materia. Cierto es que esa decisión no contó con la aprobación de mi jefe en el Wayne County y me dolió más que a él, un traslado en apariencia intempestivo pero que visto a la distancia fue derminante para mi futuro.
Para la llegada de nuestro primer hijo, viajamos a Caracas y yo regresé antes que mi esposa. Estimamos prudente esperar al menos los cuarenta días que en aquella época se tomaban como pauta para el cuidado del recién llegado. Claro está, que en ese momento, padecí la nostalgia de tener la familia a muchos kilómetros y por el conocimiento limitado del medio. Lo cierto es que estas son experiencias que dan temple y seguridad en uno mismo. A la distancia, reconozco que hay que ser valiente para emprender con decisión y empeño, una etapa como la que he descrito. Una oportunidad única para crecer dentro del marco de responsabilidades compartidas con la pareja.
WASHINGTON (DISTRITO DE COLUMBIA, EE.UU.)
Washington es la capital de los Estados Unidos y del Distrito de Columbia. Es una gran ciudad en donde residimos al trasladarnos desde Eloise en el estado de Michigan a mediados del año 1960. Yo estaba asignado al Instituto de Patología de las Fuerzas Armadas (AFIP) dentro de los “grounds” del prestigioso Hospital Walter Reed en la parte norte de la ciudad, muy cerca del límite con el estado de Maryland. Tuvimos la suerte de conseguir un apartamento en Luzon Avenue, muy cerca de la calle 16 y de la entrada lateral del hospital. Para mí era especialmente importante vivir cerca por dos razones: la primera tenía la sensación de que convenía estar próximo a mi mujer y a mi primer hijo en su tierna infancia. Vivían solos en la planta baja de un edificio de comienzos del siglo XX, con salida directa a un pequeño jardín y enfrente de una pequeña plaza arbolada. La segunda, tenía la posibilidad de partir mi jornada de trabajo con una pequeña siesta reparadora después del lunch.
El suburbio era tranquilo y aparte de su ubicación con respecto al hospital, estaba muy cerca de un parque nacional de ensueño, el Rock Greek Park. Era un sitio privilegiado para cortos paseos a lo largo de sus senderos, muy especialmente en el otoño. Durante esa estación, había una diversidad de árboles con hojas de tonalidades diversas, que constituían un verdadero festival de ocres, amarillos y rojos de muy diversa tonalidad. También había un riachuelo que le prestaba su nombre, con agua corriente y cristalina en medio de una vegetación muy bien cuidada. Durante el primer año de nuestra permanencia en Washington se consideraba un lugar seguro. Más adelante ocurrieron un par de incidentes que causaron alarma social entre el vecindario.
La ciudad es la sede del Gobierno (Capitolio Federal y Casa Blanca) y cuenta con numerosas dependencias federales, monumentos imponentes, museos de diverso tipo, galerías de arte, la famosa Biblioteca del Congreso, salas de conciertos y numerosos parques. La movilidad se logra a través de amplias avenidas y en general el centro de la ciudad tiene un trazado cuadriculado con vías diagonales, en una de las cuales se encuentran las sedes de la mayoría de las embajadas y algunas residencias señoriales verdaderamente majestuosas. La existencia de un río, el Potomac con varios puentes le confieren un atractivo añadido, al igual que el cementerio de Arlington y un suburbio denominado Georgetown, sede de la prestigiosa universidad del mismo nombre.
Tuve el privilegio de trabajar durante algo más de dos años en el Instituto de Patología más prestigioso del mundo. Un edificio a prueba de incendios y de ataques atómicos, con numerosas dependencias y una plantilla de más de 80 patólogos (para aquel entonces) de la más alta competencia. Siendo una dependencia del Departamento de la Armada, una vez admitido se cuenta con apoyo irrestricto para la utilización de material de enseñanza y toda clase de facilidades para asistir a los numerosos cursos que se dictan. La condición de un médico civil en “Tour of Duty” es obligante en cuanto al régimen de trabajo y la disciplina. Se permite utilizar un gran volumen de información de primera línea con todos los casos que son estudiados en los hospitales de las fuerzas terrestres, navales y aéreas que los americanos tienen distribuidos en todo el mundo. Cito aquí la biblioteca por tratarse de un sitio excepcional por el gran volumen y la calidad de la documentación disponible. Por otra parte la conexión ínterbibliotecaria y las relaciones con la Biblioteca Nacional de Medicina en Bethesda, Maryland constituían una ventaja de primer orden, en una etapa previa a la disponibilidad del Internet como vehículo para obtener e intercambiar información.
Nuestra permanencia en Luzón Avenue se vio interrumpida por un hecho que ocurrió a una velocidad inusitada y por lo cual decidimos mudarnos. Se dio el caso de que repentinamente los habitantes de raza negra comenzaron a comprar en “cadena” una vivienda tras otra hasta llegar a ocupar casi masivamente todo el vecindario. Resultaba increíble lo que significaba para el propietario de una vivienda. Al venderse una propiedad a un miembro de otra etnia, el valor inmobiliario caía inexorablemente y era el momento de vender de inmediato antes de que continuase bajando. Lo que relato causó tal alarma que los propios vecinos y los colegas del AFIP insistieron en la conveniencia de que cambiásemos de residencia. Hubo pues que sacrificar la proximidad del sitio de trabajo y nos mudamos a un gran complejo residencial en Silver Springs, Maryland.
SILVER SPRINGS (MARYLAND, EE.UU.)
Poca cosa puedo agregar en cuanto a nuestros escasos 8 meses en el apartamento de Silver Springs. En la práctica continuábamos viviendo en Washington, pero residíamos en un suburbio. Perdí el privilegio de la proximidad al trabajo y ya no era posible ir a casa para el lunch y la mini siesta. Como compensación, estaba mucho más tranquilo porque percibía que mi esposa y mi hijo Pedro Ignacio estaban más seguros y bien protegidos. Por otra parte, al estar situados en la periferia, se hacía más fácil realizar pequeñas excursiones en los lugares y parques próximos a ese sitio. Fue una experiencia interesante porque respiramos aires renovados y tratamos, aunque fuese superficialmente, con un sector de la “affluent society americana”, con valores distintos y otras prioridades. Distinto de la forma de vivir en una gran ciudad. Por cierto que coincidimos con la visita de los Dulcey. Francisco y su esposa Zoila resultaron una inestimable compañía y siendo venezolanos, aprovechábamos para rememorar cosas del pasado de nuestra querida Venezuela. Francisco había hecho Patología en Virginia y estuvo unos meses en el AFIP aprovechando para actualizarse en materias de su interés.
En Silver Springs cualquier actividad requería de la utilización de un medio de transporte, usualmente el automóvil. Este se renovaba en un período máximo de tres años, tomando provecho de la improbabilidad de reparaciones costosas y al mismo tiempo con beneficios fiscales a la hora de hacer efectivo el impuesto. Tomé conciencia de que era preferible tener hipotecas y deudas, que encontrarse liberado de esas obligaciones.
Ya para ese entonces comenzaban a haber grandes superficies que permitían comprar cualquier cosa a precios más bajos en comparación con las pequeñas tiendas del centro de la ciudad. Lo que ocurrió en Luzón Avenue fue sucediendo en el resto del Distrito de Columbia. Durante nuestra estancia en esa ciudad la población de raza negra no llegaba al 20%, al inicio de este siglo la proporción se ha invertido (es mayor al 80 %) y desafortunadamente con la problemática social (bajos ingresos), el problema de la droga y la existencia de bandas juveniles organizadas, la delincuencia se ha disparado de una forma alarmante. Hoy en día los índices delictivos superan a los de la ciudad de Nueva York.
Un último comentario, reafirmado por visitas posteriores a tan espléndida ciudad, entre las imágenes más impactantes que guardo en mi memoria están los Cherry Blossoms durante la primavera y en plena flor, con una fuerza armónica y esperanzadora. La pureza del color blanco de los árboles, en medio del verde del césped, la frescura de los espejos de agua y la hermosura de las edificaciones colindantes, constituyen un espectáculo fascinante. He dicho siempre que los Estados Unidos de Norteamérica son un país de contrastes entre sus gentes y en la diversidad de sus paisajes. Al lado de lo más sublime (un concierto, la visita a un museo, el disfrute de una obra de teatro, la visita a un parque, la solidaridad, las excelencias de la atención médica, la atención que pueda dispensarte una bibliotecaria), está también lo desconcertantemente y cruel (la violencia, la indolencia, la prepotencia, la miseria, el odio racial, el tráfico de drogas, la prostitución y el caos urbanístico).
Tuvimos la fortuna de caer en manos de gente atenta y servicial, siempre dispuestos a darnos su apoyo y decididos a facilitar el que guardemos un recuerdo imperecedero de nuestra permanencia en el país del Norte. Si tuviese que sintetizar, puedo hacerlo utilizando un par de vocablos: son generosos.
SAN CRISTOBAL (ESTADO TACHIRA, VENEZUELA)
URBANIZACIÓN LAS LOMAS
A mediados de 1962, después de mi regreso de los Estados Unidos de Norteamérica, quedó claro que las posibilidades de quedarme a trabajar en Caracas eran exiguas en virtud del compromiso que tenía de continuar mi carrera profesional al servicio de la entidad que me dió la beca para continuar mi formación. José Ignacio Baldó y Luis Carbonell me tenían reservado incorporarme a un proyecto vinculado con los médicos salidos del postgrado de medicina interna de Caracas asignados al Hospital Central de San Cristóbal. Ese binomio internista-patólogo, contaba con dos profesionales de gran valía en el polo clínico: los Dres. Isaac Abadí e Israel Montes de Oca, y yo tuve el compromiso de encargarme de la parte morfológica. Se pensó, con acierto que esos dos departamentos hospitalarios, el de medicina interna y el de anatomía patológica, habrían de motorizar un cambio sustancial en las reuniones ínter departamentales y docentes que se sumaron vigorosamente a las ya existentes para esa época.
Me desplacé a San Cristóbal con mi esposa y mis dos hijos, ambos pequeños; mi segundo hijo Andrés tenía pocos meses y Pedro Ignacio tenía dos años cumplidos. Antes de ese viaje había realizado un par de visitas exploratorias a fin de precisar las condiciones de mi actividad profesional y hacer los contactos para encontrar una vivienda.
San Cristóbal es una ciudad “fronteriza” con Colombia, capital del estado Táchira y para esa época contaba con unos 80.000 habitantes. Ciudad pequeña pero con una gran tradición histórica, fundada a mediados del siglo XVI, cuya economía se sostuvo durante mucho tiempo gracias a las plantaciones de café, caña de azúcar y hortalizas, además de la ganadería y de la manufactura de productos diversos. Su proximidad con Colombia propició un intercambio comercial importante. Durante el siglo XX seis de los gobernantes del país han sido tachirenses. Guardo un recuerdo muy especial de todos los colegas y amigos que nos dieron soporte durante el año y medio que estuvimos viviendo allí.
En una de mis visitas anticipadas, logré por contactos con médicos del hospital, alquilar una casa en la urbanización Las Lomas De ella recuerdo que era de dos plantas, espaciosa, con terrazas, un jardín arbolado con un frutal productor de guanábanas, fruta exótica de sabor delicioso. Dos particularidades adicionales, una jardinera en la fachada con hojas gigantes de color verde oscuro intenso, expresión de la fertilidad de la tierra y además un pequeño riachuelo de aguas cristalinas y caudal sonoro que atravesaba parte del jardín. Un auténtico privilegio que no he tenido el gusto de disfrutar en ningún otro habitáculo.
En San Cristóbal nos tocó atender con premura, una afección de nuestro segundo hijo Andrés, que por fortuna pudimos resolver a tiempo viajando al Children,s Hospital de Boston. Fue providencial la ayuda del hermano de uno de los colegas del hospital (Isaac Abadí) Alberto, quien se entrenaba allí y nos prestó una ayuda por la que debemos nuestro eterno agradecimiento.
Pues bien, la actividad frenética al frente del Departamento de Patología del Hospital, pude realizarla gracias a que contaba con un sitio delicioso para vivir. Tenía a mi esposa bien instalada y además, con vecinos amables que le brindaron soporte permanente. En mi empeño de dedicarme al máximo a mis obligaciones profesionales, permanecía muchas horas en el hospital. Esta etapa inicial de mis labores como especialista no eran de bonanza económica pero en cambio me permitieron demostrar mi competencia como patólogo. Venía de un buen entrenamiento en uno de los mejores centros mundiales en patología y por tanto disfruté de la confianza de mis colegas. Por otra parte se me brindó la oportunidad de cumplir con labores organizativas a la vez que docentes.
Todo ello lo recuerdo junto a la llegada de la televisión, el asesinato de John F. Kennedy y muy en especial con el transporte utilizado cuando regresamos a Caracas. Un Renault Douphine de dimensiones reducidas, fue el vehículo empleado para el largo recorrido de más de 1000 km., con parte de nuestras pertenencias sobre el techo. Alguien que nos vio partir, no creyó que pudiésemos llegar a cumplir el trayecto sin contratiempos, lo cual afortunadamente pudimos lograr. De hecho no era esta nuestra primera aventura de largo recorrido con ese automóvil; ya habíamos hecho Washington-Mobile (en Alabama, EEUU) sin interrupciones de ningún tipo.
PROVINCIA DE BARCELONA
DIAGONAL – SABINO DE ARANA, BARCELONA
Residiendo en Caracas habíamos viajado muchas veces a España y como es natural siempre terminábamos pasándonos días o temporadas cortas en Barcelona. Mis padres tenían un apartamento en La Diagonal (intersección Sabino de Arana), otro en Carrer Amalia en Vilafranca del Penedès y una casita de campo conocida con el nombre de
(por las características de su terreno) en las inmediaciones del pueblo San Miquel de Olérdola.
Creo que toca aquí dar unas pinceladas sobre Barcelona. La ciudad moderna es la tercera de las Barcelonas. Hay un museo en donde resulta evidente, que sobre la original ciudad romana de Barcino, aún se construyó otra sobrepuesta y por último la actual. Además una parte de la ciudad es el resultado del terreno recuperado del mar. Lo cierto es que la capital de Catalunya constituye hoy en día una ciudad con un atractivo muy especial que no sabría definir con precisión. Que duda cabe que su barrio gótico, el Exaimple, Plaza España, Montjuic, el puerto viejo y más recientemente toda la parte del litoral recuperado para las olimpiadas de 1992 (incluido el puerto nuevo, la villa olímpica y los innumerables hoteles de reciente construcción) se suman a los museos, el Liceo, el Palacio de la Música, a todo el patrimonio arquitectónico que dejo Gaudí, incluida una obra única en el mundo (aunque aun inconclusa): La Sagrada Familia; el Pequeño Palacio de Albeniz, el Ateneo de Barcelona, en fin, sería interminable. Si se quiere tener una idea de lo que es la ciudad en su conjunto, basta irse al Tibidabo o a la Torre de Colserola para disfrutar de una visión panorámica de excepción. El centro de Barcelona tiene edificaciones modernistas de excepcional belleza y trabajos exquisitamente elaborados en hierro forjado que forman parte de multitud de puertas, portones y balcones que son auténticas joyas.
Y que no decir de sus avenidas; Citaré solo tres para no extenderme en demasía: las Ramblas, el Paseo de Gracia y la Diagonal, todas con especial prestancia que recorrerlas constituyen una delicia. Ni que decir del Mercado de San José (conocido como el mercado de la Boquería). Habría que darle categoría de museo viviente por la forma en que está dispuesta la mercadería y por el ambiente que se respira. Una experiencia singular.
Como rasgo peculiar podría decirse que sus pobladores disfrutan de su ciudad. Es impresionante ver durante un fin de semana, en especial cuando hace buen tiempo, como sus calles se llenan de viandantes de todas las edades, como frecuentemente se pueden ver parejas jóvenes con sus críos recién llegados a este mundo en cochecitos y vestidos con sus mejores “galas”. Se percibe que una parte transeúntes deben ser gentes de recursos sobrantes. Basta dar una vuelta por Sarria, San Gervasio y Pedralbes o por las poblaciones suburbanas para quedar prendado de las residencias ajardinadas que se ven. Sant Cugat, Bellaterra, Matadepera, St. Just Desvern, y si se quiere ir un poco más lejos, El Masnou, Alella, Premiá de Dalt, Sitges y tantas otras. Hay residencias señoriales muy hermosas. Lástima que se tienda a cercar la propiedad con vallas que limitan la visión desde afuera. De cualquier manera hay que dar un vistazo furtivo para disfrutarlas. Algunas son realmente espléndidas. De todas merece mención aparte la residencia que el publicista Víctor Sagi (familiar de los Vallmitjana) ubicada en la avenida Pearson en la parte alta de Barcelona. Una auténtica delicia.
Mis padres compraron el apartamento de la Diagonal, mucho antes de que se construyera el Hotel Reina Sofía. De allí hacia el este en dirección a Esplugas del Llobregat no había sino terreno casi todo baldío. Con decir que la Gran Vía Carlos III era para ese entonces el límite este de la ciudad. Ese complejo de edificios lucía solitario y casi “desocupado”. Por decirlo de otra manera no tenían ni gracia, ni un entorno acogedor. Cerca estaban los regios jardines del Palacio de Pedralbes y el magnífico monasterio de Pedralbes. Con los años, la construcción del Nou Camp y de las otras dependencias del Fútbol Club Barcelona, la construcción del Campus de la Universidad de Barcelona, los edificios de la Caixa y del Corte Inglés de la Diagonal, aunado a las dependencias del Opus Dei justo al cruzar la calle y muy al comienzo de la avenida Pedralbes, le sirvieron de apoyo para convertirlo en un sitio particularmente atractivo.
Conservo un gratísimo recuerdo de nuestras vivencias en ese piso. Un verdadero privilegio. Servía como base de operaciones para toda la familia sin excepción. Cuando tocaba compartir techo, era ocasión propicia para vivir en armonía y disfrutar de las delicias de la ciudad en buena compañía. La imagen de mi padre metido de lleno entre papeles y la de mi madre atendiendo a sus conocidos y llevando el timón de la casa, pertenecen al pasado y forman parte de mi patrimonio afectivo. Con mi padre, en los momentos que yo percibía que le convenía una buena caminata, salíamos juntos a pasear por los laterales de la Diagonal en dirección a Vilafranca, y al llegar al puente de Esplugas, dábamos media vuelta, contemplábamos un rato las rosas del parque Cervantes y volvíamos a casa.
MONTASPRE - OLÉRDOLA
COMARCA DEL PENEDÉS
Hace más de 50 años, mis padres compraron una finca cerca del pluebo de Olérdola a unos tres kilómetros de Vilafranca del Penedés. Terreno pedregoso con algunos almendros y un buen número de pinos que recibieron un cuido irregular y que fueron replantándose en el transcurso de todos esos años. Además, monte bajo alternando con pequeños arbustos de diverso tipo, se apreciaban en especial las plantas de tomillo, romero, orégano, ajedrea e hinojo entre otras.
La casa rústica de ese entrañable rincón ha sido sitio de encuentro familiar a lo largo de todos esos años y ha tenido por lo tanto, un significado muy especial. Hay que tomar en cuenta que fue el lugar de convergencia para toda la descendencia del tronco principal de los Grases-Galofré (el Avi y la Mima) y para los familiares y amigos residentes en la comarca y también en Barcelona o en Tarragona.
No tengo noticias de que ese terreno seco y con muy escasa tierra vegetal hubiese servido para cultivar ningún tipo de producto agrícola, solo se que los propietarios que nos precedieron eran panaderos. No recuerdo que a ningún miembro de la familia se le hubiese ocurrido en algún momento iniciar allí algún tipo de actividad productiva. Sirvió en cambio, como lugar de veraneo y de remanso en el momento de concluir algún viaje por España y también por las Europas. El entorno inmediato de la vivienda tenía algunos árboles que ofrecían una generosa sombra y que servían para disfrutar armónicas tertulias. No hay que olvidar que una buena parte del atractivo de venir a España desde Venezuela, consistía en poder disfrutar de Montaspre. Como se ve, uno de otros tantos aciertos de mis padres a la hora de invertir en España de cara al futuro.
Cuando me casé con Haydée hace ya más de 45 años, iniciamos nuestra luna de miel en Amsterdam, teníamos cierta premura para reunirnos con nuestro padre, como consecuencia de una campaña periodística en Venezuela, que se había orquestado injustamente en su contra, el viaje por carretera entre la capital de Holanda y Olérdola lo realizamos de un solo tirón. Nuestra llegada era esperada con expectativa y nos habían preparado una habitación especial que desde ese entonces, siempre se ha llamado el “cuarto de los novios”.
Su proximidad con los puebos de Sitges y Vilanova i la Geltrú le confería un atractivo adicional ya que invitaba a un baño de mar, disfrutar del espléndido sol veraniego y a la vez degustar las especialidades gastronómicas de esos lugares.
Había, y continua habiéndolo, un especial interés por ir arreglando cosas de la casa y a la vez mejorar las condiciones de la vegetación y el terreno, podando árboles, construyendo muros de piedra y aprovechando al máximo la escasa disponibilidad de agua para riego.
Si tuviese que escoger recuerdos del entorno tendría que comenzar con el restaurante de Senent a pie de carretera y al margen del propio pueblo de Olérdola. (can Senent) Sitio de buen comer con algunos platos muy bien preparados (conejo en salsa de almendras y un pollo tierno asado a la leña). La oferta inicial fue creciendo hasta el punto de que se convirtió en parada obligada para los numerosos turistas que se desplazaban desde la comarca del Alto Penedés hacia la costa y viceversa. A todo ello hay que agregar que tenía buen vino almacenado en grandes toneles y ofrecido a precios irrisorios si se compara con los vinos de ahora, más elaborados y con denominación de origen. La bodega con los toneles conteniendo vino, se había habilitado como comedor con solera y en su momento por allí pasaron personajes importantes incluido el ex-presidente de Venezuela Dr. Rafael Caldera.
La otra cosa que merece citarse era la existencia en un recodo de la carretera de una minúscula vivienda en donde se alojaba el encargado de cuidar sus bordes y el entorno cercano. Otros tiempos, porque en la actualidad, esa actividad se ha descuidado inexplicablemente. Quirze, asi se llamaba el cuidador, era un tipo encantador. Buen conversador y siempre dispuesto a una buena partida de dominó. Su esposa María se encargaba de la limpieza y del mantenimiento de nuestra vivienda.
Es tanta la gente que ha desfilado por Montaspre que sería interminable mencionarlos a todos. Como muestra bastaría recordar la reunión familiar y de amigos que tuvo lugar hace unos años con motivo de la celebración de los 90 años de mi madre. En ese encuentro se hizo un repaso del presente y pasado de la mayoría de los asistentes con el respaldo de fotos que proyectamos en una de las paredes de la casa y que quedará como un hito histórico de ese lugar.
En resumen, sitio de encuentro entrañable, por donde han pasado los hijos, nietos y biznietos, así como los familiares que residen en la comarca y un puñado de amigos muy apegados a nuestros padres. Guardo el íntimo recuerdo de haberles visto felices, contemplando la armonía que reinaba en los múltiples encuentros que tuvieron lugar a lo largo de algo más de medio siglo. También la gratificación de los juegos a pleno sol (de fútbol o de básquet), la algarabía en el momento de refrescarnos con la escasa agua del lugar, los paseos a diversos sitios de la comarca, la búsqueda de caracoles después de una noche lluviosa y en fin el cumplimiento de innumerables tareas para el mantenimiento de la vivienda y el cuidado de la vegetación. No podría terminar sin recordar la veneración que mis padres tenían por las celebraciones de la Fiesta Mayor de Vilafranca del Penedés. Se esperaban con gran expectativa pernoctando en Montaspre o en el piso de la calle Amalia de Vilafranca. No hay que olvidar que los jóvenes de la familia Galofré eran devotos de la actividad castellera del lugar, destacándose por sus ejecutorias en esa arriesgada actividad.
El cambio de rumbo de nuestras vidas y otras obligaciones han distanciado nuestras visitas a Montaspre. Esa propiedad a pasado a manos de mi hermano Pepe y son sus hijos Gabriel y José Pablo, los encargados de un cuido más que esmerado. Antes estuvo durante muchos años a cargo del inefable tío José, quien no está ya con nosotros aunque su espíritu deambula por el lugar. Insisto, el recuerdo será imperecedero. El lugar perdurará vinculado a esparcimiento, armonía, sol radiante (y también frío invernal), campo áspero con el olor que desprenden algunas flores y plantas, el recuerdo de un viejo Citroen Strombel de color negro (el coche de “los bandidos”) que servía para trasladarnos al pueblo de Pontons (a 20 Kms de distancia) y jugar una partida de dominó. Era la gran ilusión de mi padre, con quien forme equipo durante muchos años y a quien le costaba mucho resignarse cuando perdíamos por alguna distracción. Tiempos aquellos, que podrían servir de base para retornar a ese ambiente de concordia, tan necesaria en los tiempos que corren.
CARACAS – CAMPO ALEGRE
RESIDENCIAS COUNTRY
Al regresar de San Cristóbal, tuvimos la oportunidad de pagar la cuota inicial de un apartamento ubicado en la Urbanización Campo Alegre, muy cerca de la Avenida Francisco de Miranda y colindante con la Urbanización Country Club de Caracas. Aunque no era muy grande, estaba muy bien ubicado y era suficiente para las necesidades de una pareja con dos hijos pequeños.
Era nuestra primera experiencia de una propiedad en condominio. El hecho de compartir gastos tenía sentido y la verdad es que funcionó apropiadamente. Era un edificio de construcción no demasiado atractiva y fue uno de los primeros ensayos de combinar el concreto armado con elementos plásticos en la fachada lo cual le daba un colorido muy particular en diversas tonalidades de azul. El jardín frontal, no demasiado espacioso, estuvo siempre bien cuidado y recuerdo gratamente la piscina en la parte posterior, sitio de disfrute para mis dos hijos pequeños durante todo el año aprovechando el clima estable y soleado de la ciudad.
Conservo muy gratos recuerdos de dos de los vecinos:. La familia Mazzei vivía en los pisos más altos y disfrutaban de una vista panorámica de los links de golf del Country y de la vegetación frondosa de su entorno. Los otros eran unos familiares de Enrique Merino, un colega patólogo de casi una generación previa a la mía, que años más tarde residió en uno de esos pisos. También recuerdo del piso de arriba, a la viuda de Carlos Pi-Sunyer ex-alcalde de la Ciudad de Barcelona.
Con los Mazzei hemos mantenido una amistad muy entrañable debido entre otras cosas a la relación con el hijo mayor Alejandro, compañero de mi hijo mayor Pedro Ignacio. El hermano menor Fernando, falleció en un trágico accidente que comportó graves perjuicios para la estabilidad familiar. Fue un golpe durísimo, inesperado y realmente lamentable. En el otro cuerpo del mismo edificio tenían residencia mi cuñado Jesús Briceño con su esposa Rosi y Elizabeth Ball cuya hija es una destacada colega dedicada a la dermatopatología.
Asocio la permanencia en Residencias Country con las etapas iniciales de mi ejercicio profesional en la Facultad de Medicina de la Universidad Central de Venezuela y con los esfuerzos para superar una situación económica precaria de una joven familia con hijos que comenzaban su actividad escolar. A mi me resultaba difícil compartir mi actividad docente en el Instituto de la Facultad de Medicina, en donde trabajaba a tiempo completo, con un cargo de médico forense que aún representando un complemento, era casi un suplicio por las pésimas condiciones laborales y por la falta de atractivo que ofrecía esa subespecialidad de la patología.
No recuerdo con precisión en qué circunstancias iniciamos gestiones para trasladarnos a una nueva vivienda, pero en cambio tengo presente el apoyo financiero de mis padres al facilitarnos buena parte de la cuota inicial quedándose a cambio con el apartamento de Residencias Country. Con ese fondo y con el aval bancario de ellos, pudimos comprar un terreno en Las Lomas del Club Hípico en condiciones muy favorables. Qué no hacen unos padres por sus hijos, y en especial los nuestros. El piso de Residencia Country quedó en manos de mi hermana María Asunción y años más tarde fue adquirido por mi hermano menor Manuel.
MADUREZ
LOMAS DEL CLUB HÍPICO (QUINTA L’ AVI)
La ilusión de construir por primera vez una vivienda propia, sobrepasa los inconvenientes que conlleva la misión de llevar a cabo un proyecto con riesgos. Suele comenzarse ponderando las virtudes del lugar escogido y casi siempre tiene que ver con un “golpe de suerte”. En nuestro caso, la ubicación de una parcela en la vieja carretera de Baruta, significaba poder disponer de una vivienda en una colina con una vista atractiva hacia una parte del este de la ciudad, colindante con terrenos baldíos con abundante vegetación silvestre que nos separaban sobradamente (algo más de un kilómetro), de las instalaciones del Club Hípico de Caracas. Con el tiempo esos terrenos fueron urbanizados a pesar de mis esfuerzos para convencer al presidente Rafael Caldera de que los expropiara para destinarlos a un parque vecinal. Cuando pienso en la cifra que obtuvo el propietario de esas hectáreas, una familia de Valera (Estado Trujillo), se me congela la sangre. Casi lo mismo que me ocurre, pero con efectos contrarios, cuando me viene a la mente lo que nosotros pagamos para formalizar el traspaso de esos mil y pico de metros cuadrados en propiedad: cincuenta mil bolívares (de los de la época).
El proyecto de nuestra vivienda fue encargado a un arquitecto colombiano especializado en arquitectura “colonial moderna”. Tocó luego decidir los lineamientos generales en función de las necesidades que mi esposa había establecido con esmerado cuidado. Se propuso una casa abierta con niveles escalonados (por exigencias de la propia parcela), con patio central, sala-comedor espaciosa y con techo alto de madera, aunado a corredores y un pasadizo techado con caña amarga. Además, el clima de montaña era propicio para instalar una chimenea aunque existían legítimas dudas sobre su correcto funcionamiento. Fue el maestro de obras quien comprometió su prestigio profesional y aseguró de entrada, que la leña se iba a consumir satisfactoriamente. El jardín requirió terrazas construidas con gaviones de piedra, culminando en un hermoso grupo de frondosos bambúes en la vecindad del lindero inferior.
La construcción de la vivienda, tomando en cuenta el costo de la supervisión de la obra por parte del arquitecto, y la indispensable utilización de pilotes para afincar las fundaciones no alcanzó a triplicar el valor del terreno. Debo expresar mi reconocimiento a la eficiencia de mi cuñado Luis Briceño, quien además de construir los pilotes (algunos de más de 20 metros) me cobró la obra a precio de costo. Naturalmente que hago exclusión de algunos acabados que formaron parte de una partida de gastos extras. El techo se construyó en buena parte con madera de pardillo (tanto el machihembrado como las vigas o pares) y alguno de los acabados de madera (escalera y estructura del techo de caña amarga) fueron hechos con cañahuate, sin duda la madera más dura y resistente disponible en el mercado. El patio interior fue construido con piedra rodada de playa, al igual que el bordillo del estacionamiento. Como veremos, ambas cosas sirvieron para una apuesta con el constructor que felizmente se saldó a nuestro favor.
Las vigas redondas de cañahuate para sostener el techo de caña amarga no las encontrábamos disponibles en el mercado. La más larga tenía tres metros, con un diámetro aproximado de quince centímetros. No disponíamos de un torno con suficientes dimensiones para lograr redondear las vigas de sección cuadrada y fue necesario solicitar la experta colaboración de un ebanista amigo catalán para poder hacerlo, pero artesanalmente. Lo recuerdo como una tarea ardua que requirió todo el empeño para llevarla adelante. Se dio el caso de que la madera era tan dura que no había forma de clavar nada sin antes preparar el trayecto para el clavo, con broca y taladro. Y así fue. El lote de caña amarga lo conseguimos en Petare, lo transportamos en una vetusta camioneta Wolskwagen y sin esperar a que se secase de un todo, la instalé con muy escasa ayuda y con el máximo grado de alineamiento posible. El problema residió en la paciencia necesaria para que secase y adquiriese el atractivo color amarillo pajizo de la caña seca. Recuerdo que veía con envidia construcciones similares realizadas con caña “madura” y por tanto seca. Cuando la nuestra crujía en días soleados, me dolía en el alma. Por fortuna con el correr del tiempo fue cambiando, aunado a la prestancia que le daba el remate con unos perfiles de cobre que yo mismo instalé con esmero.
Como puede verse, la construcción de la vivienda en las Lomas del Club Hípico me permitió disfrutar de actividades que nada tienen que ver con las de un profesional de la medicina. Recuerdo que nuestro empeño de construir el piso del patio interior con piedras de canto rodado requirió un viaje de madrugada a la playa de Choroní, en donde los nativos las recogían en playas cercanas, las cernían y las vendían en sacos de plástico clasificadas por su tamaño. En ese momento yo tenía un automóvil Chevrolet (modelo Corvair) que sirvió para la búsqueda y traslado del material con ayuda de mi hermano menor Manuel. Nos fuimos conversando durante el tiempo del viaje, recogimos los sacos, nos dimos un baño delicioso en la playa y estuvimos de regreso a Caracas para descargar y para que yo participase en una reunión al mediodía en el auditorio del Hospital Universitario de Caracas a la que era ineludible asistir.
La Quinta L’Avi me trae no sólo gratos recuerdos, sino también momentos angustiosos. El haber construido en un terreno desnivelado provocó con los años deslizamientos que llevaron al derrumbe de algunos segmentos del gavión de piedra que servia de “muro de contención”. Las épocas lluviosas y las rupturas de tuberías hicieron estragos. Por otra parte, uno de nuestros vecinos de nacionalidad sueca, no hizo gala de su procedencia. Le valoré durante un tiempo como persona civilizada, pero se produjo un desencuentro motivado por un lindero y ardió Troya, al extremo de que fuimos denunciados a las autoridades municipales con todo tipo de improperios. Por fortuna el fallo fue a favor nuestro pero con ellos no logramos restituir una relación armónica. El daño resultó irreparable y vino a juntarse con la actitud de un vecino italiano que le “puso la vista” a la zona verde que nos correspondía por ley, reclamándola sin razón, pero con gran fuerza. No quedó más remedio que acceder a sus requerimientos sin que hasta la fecha haya logrado entender cómo ocurrió todo aquello.
Durante esa etapa, llega a este mundo nuestro tercer vastago Pablo (el pelirrojo de la familia) y allí crecieron nuestros hijos hasta la culminación de la carrera universitaria de los dos mayores: Pedro Ignacio y Andrés. Guardo un recuerdo entrañable de esa etapa de nuestra vida familiar. Mi mujer siempre ha tenido afición por la decoración y la verdad es que logró, con las limitaciones presupuestarias de rigor, un hogar realmente acogedor que sirvió durante un poco más de 20 años como lugar de encuentro de familiares y amigos.
Una última anécdota que refleja en buena medida cuanto llegué a disfrutar viviendo allí. La chimenea era utilizada con frecuencia durante los meses de diciembre, enero e inclusive febrero. En Caracas se disfruta de un clima benévolo con alternancia de lluvia y sequía. No hay estaciones, pero en los meses mencionados, de noche y de madrugada hace fresco. Disponer de una chimenea requiere de una provisión de leña que yo me aseguraba cada año saliendo muy temprano por las madrugadas del día 25 de diciembre. Los pinos que en Caracas se importaban del Canadá y se vendían para adornar durante los días navideños, perdían todo su valor a partir del día 25. Eran pinos de madera blanca y con abundante resina que al arder impregnaban el ambiente con un delicioso olor. Los recogía en un trailer para motos que permitían su transporte con toda facilidad y al llegar a casa, cortaba las ramas y las dejaba secar para utilizarlas como chamizo. Los troncos eran troceados y apilados para irlos usando poco a poco. Esta operación año tras año, a horas tempranas se convirtió en una actividad furtiva, sin que por ello no hubiese alguno que otro alumno que me preguntaba al regresar a clases. ¿Profesor Ud. por casualidad no andaba en Navidad con un trailer cargado de pinos? Tal como ocurrió lo cuento.
KAPPEL (FRIBURGO - REPUBLICA FEDERAL DE ALEMANIA)
Cuando fuimos a Alemania para disfrutar de una beca de la Fundación von Humboldt y de uno de los años sabáticos que me confería la Universidad Central de Venezuela, tuvimos que dejar a nuestros hijos a cargo de mi madre en España temporalmente. En Blaubeuren, pequeño pueblo del sur del país, en donde asistimos a un curso de idioma alemán a cargo del prestigioso Goethe Institut, no había manera de encontrar alojamiento. Curiosamente las parejas de casados, tenían serias limitaciones para encontrar vivienda. En cambio las parejas de hecho, de alguna manera se las ingeniaban para conseguirlo. Una paradoja nos obligó a buscar techo en un pequeño pueblo de las cercanías en donde pasamos nuestras primeras semanas apartados de nuestros hijos. Estando allí, logramos convencer a Herr Illi, el dueño de la pensión, para que nos permitiese que toda la familia estuviese en una misma habitación, hasta que finalizara el curso y nos trasladásemos a Friburgo.
En Friburgo los alojamientos inferiores a un año (el nuestro era para 10 meses) no se conseguían a precios razonables. Para períodos más cortos el costo de la vivienda era realmente prohibitivo. Gracias a un contacto en el instituto en donde yo debía trabajar, pudimos encontrar alojamiento en un pequeño caserío vecino a Friburgo llamado Kappel. Era una delicia, pues estaba muy cerca de la Selva Negra y por tanto disponíamos de un bosque de dimensiones imponentes muy cerca de nuestra casa.
La vivienda tenía el estilo propio de esa zona del país. Construida de ladrillo y madera, con techos inclinados y de pizarra, como previsión para no acumular de demasiada nieve durante el invierno. Nosotros ocupábamos la planta baja y otros inquilinos la de arriba. El jardín en vez de césped tenía un sembradío de patatas y unas cuantas flores.
El entorno era principalmente campo dedicado al cultivo y a pastos para ganado vacuno. La impresión que daba era el de un jardín. La lluvia pertinaz y los días grises, permitían disponer de un paraje con diversas tonalidades de verde. La capa de humus era impresionante. Echábamos de menos los días soleados. De hecho nuestros vecinos, al saber que veníamos de España, no hacían más que dar exclamaciones sobre el sol de la Península Ibérica y contaban los días que faltaban para irse de vacaciones a algún lugar del Mediterráneo (casi todos veraneaban en las islas Baleares).
Nuestra permanencia en Kappel fue agradable y recuerdo muy especialmente la ayuda que obtuvimos de Yolanda, una joven andina que ocupó de la limpieza de la casa, colaboraba en la labores de la cocina y se ocupaba del cuidado de los niños. Nuestros dos hijos mayores asistían a sus clases en el Colegio cercano. El trato de los vecinos fue amable y cariñoso, especialmente con nuestro hijo menor Pablo. Era redondo, con tez muy blanca, con pecas y pelirrojo. Cuando le veían no faltaban exclamaciones más bien propias de los italianos. Pedro Ignacio y Andrés iniciaron su año escolar a un nivel por debajo del que les correspondía por su edad, pero esa limitación propia del desconocimiento del idioma alemán, fue superada con creces, logrando ser promovidos al curso superior. A nosotros nos llamaba la atención que cuando estaban en casa hablaban el alemán entre ellos. La despedida que les hicieron sus compañeritos resultó realmente enternecedora, entre otras cosas, les traían un pequeño escrito en un tarjeta y además les regalaban una manzana, un librito usado o una pelota.
No puedo dejar de referirme, aunque sea brevemente a Friburgo. Está ubicada en el valle de Brisgovia, en el estado de Baden-Würtemberg (sur este de Alemania), en plena selva negra y en la proximidad de Francia y Suiza. Para esa época contaba con algo menos de 200.000 mil habitantes y casi con 900 años de historia.
Existían numerosas y variadas industrias pero en particular se destaca como centro universitario y es la ciudad alemana que posee mayor número de instalaciones medioambientales. De hecho es la ciudad más soleada de todo el país.
Contaba para el momento en que estuvimos, con algo más de 20.000 estudiantes universitarios cursando estudios superiores en varias instituciones educativas. El instituto en donde trabajé, el Ludwig Aschoff Patologisches Institut, estaba afiliado a la Universidad Albert Ludwig, fundada en el siglo XV. La Facultad de Medicina tanto y continúa teniendo, un gran prestigio, ya que además de las materias clínicas, mantiene vinculación con centros de investigación biomédica de alto nivel.
Durante nuestra permanencia tuvimos la oportunidad de hacer algunas excursiones por la selva negra utilizando senderos muy bien señalizados. Con automóvil se podía subir hasta los montes de Belchem (un ensueño invernal con abundancia de nieve) y recuerdo también las visitas a Breisach (a la vera del Rin) y al famoso lago de Titisee de origen glaciar y hoy en día convertido en un importante centro turístico.
Que duda cabe de que fue un verdadero privilegio el haber disfrutado de todo aquello. Tanto el trato académico, como la muy favorable acogida de los colegas, resultaron reconfortantes para una pareja joven en tierras extrañas y con la natural limitación idiomática.
PASADENA (CALIFORNIA, EE.UU.)
En el primer trimestre de 1982 viajamos a Pasadena, ubicada en el Condado de Los Ángeles en el estado de California. Para esa fecha debería tener una población total de algo más de 100.000 habitantes y era el núcleo urbano más poblado del valle de San Gabriel y a la vez su centro cultural. Sus pobladores pertenecen predominantemente a la clase media y clase media alta, con algunas bolsas de pobreza dispersas que totalizaban para ese momento algo más del 10 %, la mayoría de ellos de habla hispana y procedentes de México.
Su origen se remonta a grupos indígenas englobados dentro de la misión española de San Gabriel Arcángel. De España, esas tierras pasaron a ser propiedad de México y quedaron en manos de diversos propietarios. La ciudad fue fundada en 1837 por Elliot Thomas y un grupo de inmigrantes procedentes de Michigan, Indiana e Illinois en busca de un clima más benévolo y de tierras baratas.
Resulta llamativo para el viajero que no conoce la historia de esas tierras, tomar conciencia de que en el Lejano Oeste era en realidad casi todo desértico y que su conquista dependió en buena medida del espíritu aventurero de sus pobladores, hecho que ha sido escenificado con mayor o menor acierto en multitud de películas producidas en Hollywood. La construcción de la línea férrea dio impulso a esa migración que al comienzo se llevaba a cabo en caravanas a tracción animal con un esfuerzo realmente considerable debido a las enormes distancias que tocaba cubrir para desplazarse de un centro poblado a otro. Existe en Los Ángeles un museo con un recuento de que lo representó esa conquista y lo que fue necesario ir adecuando para convertir una tierra inhóspita en habitable; basta recordar que fue necesario proveerla de agua y de otros recursos para asegurar su desarrollo.
En la localidad de San Marino, soberbio paraje del valle de San Gabriel en California del Sur, la familia Huntington, adquirió a comienzos del siglo XX, una finca con la idea de crear un refugio cultural. Los Huntington llegaron a acumular una gran fortuna con los negocios ferroviarios de la región y adquirieron una elegante mansión de estilo georgiano para albergar mobiliario, obras de arte y una magnífica biblioteca. Además contrataron un jardinero que trabajo ininterrumpidamente durante 50 años de su vida para crear y desarrollar el jardín más bello de California. El parque tiene un centenar de hectáreas y los jardines contienen diferentes especies del reino vegetal agrupados según cada tipo e inclusive según el clima más propicio. En el extremo de un prado hay más de mil variedades de camelias y en una pequeña garganta que ofrece la posibilidad de crear estanques, escaleras y un puente de arco, se ha diseñado un jardín japonés con plantas autóctonas trasportadas desde ese país expresamente. Un lugar de ensueño que sirve como enclave turístico y también como un centro científico de botánica.
Unas últimas pinceladas sobre la ciudad. Cuenta con un estadio de football americano, el Rose Bowl, en donde tiene lugar el partido de mayor renombre entre los dos mejores equipos de ese deporte en los Estados Unidos. Pasadena es, además, sede de un evento que se celebra el día de año nuevo, el Rose Parade, un despliegue de colorido con carrozas adornadas de flores multicolores y con la vivacidad y estridencia armónica de este tipo de celebraciones en el país del norte.
En esas acogedoras tierras tuve la oportunidad de trabajar al lado de un profesional de extraordinaria valía: el Dr. Robert Peters. Acudimos sin haber tomado ningún tipo de previsión en cuanto al sitio en donde habríamos de residir temporalmente. Al comienzo se llegó a plantear la posibilidad de alojarnos en una de las residencias que la Universidad de California del Sur tenía a disposición de profesores invitados, pero lamentablemente se encontraban ubicadas a considerable distancia del Hospital “Rancho de los Amigos” en donde yo tenía que trabajar.
La primera cuestión que me llamó la atención fue que el Dr. Peters acudiera al aeropuerto a recibirnos. Eso no me lo esperaba y aún no sé cómo se enteró del número de nuestro vuelo. Lo cierto es que guardo de ese encuentro un recuerdo gratísimo por varias razones. En primer lugar, de entrada tuve la sensación de que le había conocido de siempre. Afable, abierto y con una indumentaria francamente juvenil que propició una empatía muy especial. Cuando nos trasladamos a su residencia en Pasadena, percibí en su justa medida el esfuerzo que había representado para Bob, así quiso que le llamara, desde el mismo momento en que nos conocimos. Debo advertir que quizás en ese entonces era el hombre de más alto vuelo en el mundo en patología del hígado. Así como él era una persona afable y sencilla, su mujer Bell lo era también y debo reconocer sin temor a equivocarme que en ningún sitio nos habían recibido con tanto afecto y con una disposición especial de ayudarnos en todo lo posible.
Esa primera noche nos alojaron en un hotel tan especial, que si yo hubiese conocido de antemano el costo de alojamiento por dormir allí, no hubiese podido dormir. Quiero mencionarlo porque muy rápido tomé conciencia de que era perentorio encontrar techo. ¿ Cómo hacerlo sin ayuda? Por fortuna Bell se lo tomó como cosa suya y nos acompañó hasta que logramos encontrar en una vivienda idónea: bien ubicada, acogedora y cercana a mi sitio de trabajo. En el momento de firmar el contrato por tres meses, me pidieron un depósito anticipado y además el pago del primer mes de alquiler. No es lugar para fiarse demasiado de los extranjeros que suelen acudir allí desde todas partes del mundo. Se dio el caso de que en el momento de ir a depositar un cheque en dólares que había comprado en Caracas para abrir una cuenta corriente y cubrir los gastos de nuestra corta permanencia allí, el empleado me dio la noticia de que ese cheque tardaba al menos un par de semanas para poder hacerse efectivo. Aludieron al hecho de que estaba emitido por un banco en Nueva York. Por unos instantes me vi de vuelta al aeropuerto. ¿Podía acaso imaginarme que al instante la Sra. Peters me ofreció de su cuenta en el mismo banco, lo que me hiciese falta? Recuerdo que eran unos 2.000 dólares y aunque parezca increíble, emitió sobre la marcha un “préstamo” que me hizo entrega no sin antes percatarse de mi asombro. Así son las cosas en este mundo, un gesto de solidaridad salvadora que me obliga a contarlo para calibrar la calidad humana de la gente se que va conociendo.
¿Qué recuerdos tengo de esa vivienda y de su entorno? Pues recuerdos entrañables. Era un apartamento en un primer piso, más bien pequeño pero en cualquier caso suficiente para una pareja con requerimiento de techo para unos meses. Lugar silencioso, con vecinos amables, un jardín con césped bien cuidado y con una frondosa vegetación propia del clima californiano. Habíamos alquilado un automóvil y disponíamos de una plaza de parking que usaba con grandes precauciones. Yo mantenía en Pasadena la costumbre de madrugar para acudir al trabajo. Con la finalidad de evitar el ruido del encendido del vehículo y de esa manera evitar molestar a mis vecinos, hacía uso de una rampa en bajada que me permitía acceder a un rellano que quedaba a cierta distancia. La maniobra inicial requería un impulso con puerta abierta y hacer uso de mi pierna izquierda a modo de patineta. De esa manera lograba acudir al Laboratorio en donde trabajaba cada día desde muy temprano, sin atascos de tráfico y con un muy alto rendimiento. Se entiende porqué me facilitaron las llaves de la entrada principal y de los ambientes que requería para arrancar mis labores cotidianas. Recuerdo que el Dr. Peters decía: “cuando llego por la mañana, en más de una puerta me encuentro con notas sobre tareas cumplidas y recordatorios que Pedro deja para adelantar faena”. Y así era. Me dieron todas las facilidades y me vinculé abiertamente con un grupo de trabajo de excepcional valía. Parte del compromiso incluía la asistencia a las reuniones de la Unidad de Hígado que tenían lugar en el Hospital General de los Ángeles, una institución con 2.000 camas, en donde estuve revisando archivos para uno de los trabajos que realicé durante ese viaje.
Debo reconocer que me respetaban por mi condición de profesional abierto y entusiasta. Reconozco que mi inglés y mi dedicación al hígado durante muchos años me facilitaron el camino. Pero nada como el día en que nos invitaron a una parrillada en casa del jefe del Servicio Clínico, el profesor Reynolds, una casa majestuosa que contaba con una cancha de paddle de dimensiones reglamentarias y me tocó formar parte de uno de los equipos de dobles. En mi juventud había jugado tenis y no resultó demasiado difícil extrapolar y haber logrado una actuación que impresionó a los asistentes. Lo cierto es que mi prestigio después de ese día al aire libre y de haber ganado en buena lid formando pareja con el “jefe” sirvió para que mi valoración, raqueta en mano, fuera considerablemente superior a la de mis conocimientos médicos. Bueno, otra de esas cosas inesperadas que marcan el rumbo. Como se ve, no todo en la vida es ciencia.
OXFORD (INGLATERRA)
En Julio de 1984 llegamos a la ciudad de Oxford con nuestro hijo menor Pablo. Como ya he desglosado separadamente en un libro de reciente aparición, acudimos allí para trabajar en el Green College de la Universidad.
La ciudad de Oxford, emplazada en Oxfordshire, Inglaterra, es famosa por ser la sede de una de las universidades más prestigiosas del mundo. Se conoce como la ciudad de las “agujas”, con una línea del horizonte marcada precisamente por “agujas” o torres góticas. La mayoría de los edificios fueron construidos entre los siglos XV y XVII. La mayoría de los colegios universitarios están dispuestos en torno a dos o tres patios internos cuadrangulares, en donde se encuentran el hall, la
capilla, la biblioteca y los jardines limitados por una valla de piedra.
La ciudad cuenta edificios emblemáticos: la Bodleian Library, el Radcliffe Camera y el Sheldonian Teathre; además tiene un río, numerosos parques y varios museos dedicados predominantemente a historia y arte.
Fundada en el año 912, durante el medioevo no difería de cualquier otro mercado provincial, con grandes abadías y ya en el siglo XII se comenzaron a construir los primeros Colegios de la Universidad. La ciudad fue creciendo progresivamente a partir del siglo XIX y hoy en día cuenta además con
varios polos de desarrollo industrial producto de su ubicación equidistante de varios puertos que facilitan el intercambio comercial.
Cuando acudimos al Green College para instalarnos allí nos encontramos con que nuestra vivienda estaba restaurándose. Tuvimos que abrir un paréntesis hasta que terminaran las obras. Fue así como aprovechamos para una espléndida visita a Escocia (incluida la asistencia al Festival de Edinburgo). De paso dejamos a Pablo en una casa de campo a cargo de una profesora de inglés y nosotros partimos con destino a Yugoslavia..
De regreso pudimos instalarnos. Una casita aparejada, típica del lugar, una detrás de la otra, a lo largo de una calle relativamente estrecha. Viviendas de dos plantas, de ladrillo y madera, con un frente más bien estrecho y dispuestas en una parcela que culminaba con un pequeño jardín de difícil mantenimiento por razones climáticas. Lo recuerdo como un sitio acogedor, cercano a las dependencias centrales del Green College, aunque a cierta distancia del Hospital John Radcliffe, en donde trabajaba.
El College, situado cerca del caso central de la ciudad, colinda con el Radcliffe Infirmary y ocupa un área algo menor de dos hectáreas. Allí están ubicadas las dependencia administrativas y las oficinas de las autoridades. Hay además lo que era un antiguo observatorio astronómico restaurado, el Radcliffe Observatory, que constituye una verdadera joya arquitectónica. Alberga el comedor, los salones y la biblioteca. Se comunica con el Observers House, en donde entre otras dependencias se encuentra un salón para seminarios. El jardín es una delicia, no sólo el verdor de su césped bien cuidado, sino además pequeños senderos de piedra picada, bancos de madera, pérgolas y varios arbustos (algunos frutales) dispuestos con muy buen gusto.
Una de las ventajas de nuestra permanencia en la ciudad fue su ubicación estratégica para visitar numerosos lugares de Oxfordshire (un verdadero jardín), para escaparse a Londres y hacer excursiones con la finalidad de entrar en contacto con otras universidades, especialmente Cambridge. Qué decir del sur de Inglaterra: es una delicia para quienes disfrutan del campo. Mucho sol no hubo, pero debo confesar que llega un momento en que se percibe un gozo especial con los días grises y lluviosos que le confieren cierto aire misterioso al entorno.
CARACAS – ALTA FLORIDA
QUINTA DE MONTES DE OCA
Por circunstancias que no viene al caso presentar aquí con detalles, en un momento determinado decidimos vender nuestra casa de Lomas del Club Hípico. No fue fácil ya que allí habíamos vivido durante más de 20 años y ya se sabe lo que cuesta desprenderse de algo, y en especial de la vivienda propia. En la Quinta L’avi “echamos raíces” muy profundas que han quedado en el recuerdo como una de las épocas más felices de la familia. Buscamos y encontramos un apartamento que estuviese bien ubicado y que cumpliese con los requerimientos del momento. Lo logró como siempre mi esposa Haydée, habiéndose enterado a través de unos amigos que participaban en la construcción de un edificio bajo un régimen de administración directa, cuyas peculiaridades describiré más adelante.
Lo cierto es que resultaba necesario encontrar una vivienda para vivir varios. Un destacado colega médico, con quien hicimos muy buena amistad en San Cristóbal, el destacado internista Israel Montes de Oca, nos facilitó en régimen de alquiler una casa que tenía en La Florida para que estuviésemos allí el tiempo que hiciera falta. Estaba desocupada aunque con algunos muebles, pero lo importante fue que conseguimos espacio suficiente para llevar una parte de nuestras pertenencias. El grueso quedó depositado en un guardamuebles.
Esta urbanización, La Florida, aparece recurrentemente en este relato y es ahora cuando me percato de lo que significó en mi vida, esa zona del este de la ciudad. Debo decir que las casas no tienen ninguna característica en especial. En su estilo corresponden a lo dictado durante esa época por los constructores italianos y operarios portugueses que emigraron a Venezuela, sobre todo durante la década de los años 50. Dos cosas recuerdo de esta vivienda. Por una parte, tenía una enorme cantidad de rejas protegiendo las puertas de entrada, los corredores y las ventanas. Por la otra, su propietario -que no residía allí- se había construido en un ambiente contiguo a la vivienda principal, una biblioteca que contenía meticulosamente ordenadas, colecciones de publicaciones periódicas y libros sobre temas médicos. Esa biblioteca era una verdadera joya. Israel era un soltero empedernido y enamorado de su profesión. Acudía con frecuencia a consultar los temas que escogía meticulosamente y hacía uso de información siempre actualizada en las discusiones clínicas que tenían lugar en el Hospital Clínico Universitario en donde ejercía de profesor de Clínica Médica.
Nuestra permanencia en ese sitio estuvo centrada por mis compromisos profesionales y muy en especial por todo lo relativo con la construcción del edificio de Parque Peñón y con las gestiones necesarias para conseguir del permiso de habitabilidad. Concluido esto, nos trasladamos al edificio de la Urbanización El Peñón, también en el este de la Ciudad y relativamente cerca de nuestra casa de las Lomas del Club Hípico.
URBANIZACION EL PEÑON
RESIDENCIAS PARQUE PEÑON
El edificio estaba ubicado en unos terrenos que pertenecieron al dictador Marcos Pérez Jiménez. Eran varias hectáreas de terreno arbolado ubicadas entre las urbanizaciones de Prados del Este y del Peñón, colindantes con terrenos que pertenecían a las Fuerzas Armadas. Cuando Pérez Jiménez se fue al exilio en 1958, los gobiernos que ejercieron el poder en Venezuela destinaron la mansión que allí había construido Pérez Jiménez a un centro de atención siquiátrica y a alguna otra dependencia. De todas maneras quedó una considerable cantidad de terreno que fue calificado como urbanizable y las parcelas fueron adquiridas a precio de “gallina flaca” por los “caciques” de turno. De hecho no es infrecuente a lo largo y ancho del país que las cosas se manejen de esa forma. Quienes detentan el poder se encargan de legitimar este tipo de operaciones inmobiliarias otorgando en buena ley y a través de los organismos administrativos del Estado, las recalificaciones pertinentes. También lo he vivido en España, pero de ello no tengo constancia irrefutable.
Pues bien, la obra se comenzó a ejecutar siguiendo las pautas de un proyecto arquitectónico en manos de un profesional competente y con muy buen gusto. Se aprobaron en régimen de cogestión los presupuestos para cubrir los gastos de la obra y de entrada se decidió agregar sin permiso todo un piso a dos niveles. Eran cuatro áticos que no figuraban en el proyecto aprobado por la Municipalidad.
El administrador y supervisor de la obra, era el dueño de uno de los áticos e hizo uso de su posición de privilegio para asegurarse de que la construcción en su apartamento fuese de la mejor calidad posible. No puede ser de otra forma porque las veces que tuve oportunidad de visitarlo, observaba cosas que no eran iguales en el nuestro.
Aparte de este y algún otro entuerto de difícil arreglo, en su conjunto el edificio terminado era muy atractivo y al final cada quien fue haciendo los arreglos puntuales en función de sus necesidades. Nuestro piso estaba ubicado con vista al jardín y a una quebrada arbolada que eran una delicia. Tenía además otra particularidad. Debido a la forma en que fue construido el estacionamiento y la cancha de tenis, esa parte de la estructura (vigas y columnas de hormigón) hizo que la altura del techo tuviese al menos 15 cm de más en comparación con el de otros apartamentos. Digo esto porque al entrar a nuestra vivienda se tenía la sensación de que los ambientes eran más amplios.
Allí vivimos mi mujer y yo, con nuestros hijos Pablo y Andrés, hasta nuestro traslado a España en 1990. Después lo alquilamos y posteriormente se trasladó nuestro hijo Andrés con su familia. También ellos lo disfrutaron como lo hicimos nosotros. El entorno era delicioso y con el tiempo se fueron realizando mejoras. Guardamos el recuerdo imborrable de algunos de nuestros vecinos, con quienes mantenemos una relación muy estrecha. En especial con la familias de Leida Bracho y de Ricardo y Mencita Paytuví. A los Bettencourt los vemos con menos frecuencia, pero también son gente entrañable. Casualmente hoy en día están en Barcelona Iván, hijo de Leida y César, el hijo menor de los Bettencourt.
VEJEZ
PROVINCIA DE BARCELONA
PASEO DE LA BONANOVA, BARCELONA

Cuando llegué a Barcelona en abril de 1990 con motivo de iniciar gestiones para trabajar en el Instituto Universitario Dexeus, me parecía razonable conseguir una vivienda cerca de la clínica. Estaba sólo, y fue por ello que conseguí un lugar adecuado sin buscar demasiado. Otra cosa hubiese sido si esa decisión la hubiese tenido que hacer junto a mi esposa. Es natural, las mujeres tienen más olfato y paciencia para resolver estos asuntos. A mi me fascinó poder estar residenciado en un apartamento a unos cien metros de mi despacho. Era lo ideal. Nada de tener que desplazarme en coche y además, tenía la posibilidad de realizar una siesta recuperadora cada día. Intenté tener todo listo para que con muy pocos enseres aquel habitáculo luciese atractivo. Era el último piso, y por lo tanto estaba sujeto a la inclemencia del calor en verano y del frió en invierno y no era demasiado espacioso. Lo suficiente para recibir a mi mujer, a mi hijo menor Pablo y a Josefa, nuestra asistenta, quien había trabajado en las labores domésticas en nuestro apartamento del Peñón en Caracas y era el prototipo de una africana con moño permanente y trato respetuoso. De temperamento tranquilo, resultó ser la persona ideal para ayudarnos a cuidar a nuestra perra, era el personaje que me faltaba. Más adelante me referiré a Tutsie más de una vez.
Recuerdo que estando solo puse atención en darle un carácter especialmente frondoso a la terraza que daba al frente. Seguro que en ese empeño se me pasó la mano: los recipientes de terracota resultaron ser descomunalmente grandes y por tanto en desproporción con el área disponible. Por otra parte, la variedad de plantas que escogí no resultó la más favorable para aclimatarse al aire disponible en el paseo de la Bonanova, pletórica casi todo el día de vehículos contaminantes de todo tipo. Sin embargo, yo esperaba con gran satisfacción la llegada de mi familia con la seguridad de que les gustaría el pequeño inmueble que había alquilado.
Fue así como con espíritu de resignación, tuve que afrontar la llegada de mi gente y de nuestros muebles, en manos de la misma compañía de transportes que ya nos había estafado en el traslado de nuestros enseres desde Alemania a Venezuela. Esta vez yo impuse el castellano y no me marearon como ocurrió antes, con mi precario dominio de la lengua germana.
En mi trabajo arranqué con ímpetu y en otros escritos (*), he desglosado con detalle esta fructífera etapa de mi vida. Era un cargo apetecible y competido, que supongo gané en buena lid porque no contaba con recursos ni conexiones para que fuese de otra forma. Claro está, al volcarme sin reservas ni distracciones a la atención del Servicio de Anatomía Patológica no me quedaba demasiado tiempo para otros menesteres. Mi mujer tomó el mando y tuve una vez más la sensación de que fuera de una que otra consulta, sobre algún tema menor, quien llevaba el timón era ella. No era por tanto de extrañar que a los meses ya esuchaba de la conveniencia de trasladarnos a un sitio más tranquilo. Yo me resistí a capa y espada y defendía la proximidad de mi sitio de trabajo.
¿Cómo termino? Pues de la única forma razonable. Al cabo de algo más de un año acepté mudarme muy cerca en un apartamento de la calle Emancipación.
Debo relatar aquí lo ocurrido con nuestra perra. Estando de viaje, Josefa se hizo cargo de un todo, incluido los paseos de rigor con ella. Un buen día, y como resultado de una maniobra brusca, aparentemente como consecuencia de un gran susto canino, cambió súbitamente de rumbo y se llevó por delante a la propia Josefa, quien resbaló encontrándose con el canto de la acera. Quedó impotente para mantenerse de pie y adolorida como consecuencia de una fractura de la rótula de una pierna. Acudió a la policía y en una ambulancia se la llevaron al Hospital Valle Hebrón. El personal de guardia, al enterarse de que trabajaba en el domicilio de un médico de la Dexeus, la remitieron al Servicio de Emergencia de nuestra Clínica, en donde la creyeron ad verbatim su relato y la intervinieron quirúrgicamente para realizar una osteosíntesis tal como tocaba. Todo ello en nuestra ausencia y sin el beneficio de la telefonía móvil. En esa época no era un servicio tan extendido como lo es ahora. Lo cierto es que la perra había quedado en manos de la policía del barrio, y a los agentes, Josefa les había entregado las llaves del apartamento. Pues bien, los agentes se hicieron cargo de la perra, le servían agua y comida y además mantuvieron especialmente celo para proteger nuestras pertenencias. Realmente es un episodio que se cuenta y cuesta creerlo, pero así fue. A mi regreso indagué de inmediato por la identidad de los dos agentes y en la Comisaría de Iradier, en donde estaban adscritos no me pudieron dar sus nombres. Lo único que permitieron fue la entrega de un escrito en donde les expresaba mi agradecimiento.
En nuestra residencia de la Bonanova, no encontramos vecinos demasiado comunicativos exceptuando una familia encantadora, Alicia Ventura, su esposo y sus tres hijos. La mayor con el correr del tempo se inclinó por la biología, el varón por la economía y la más pequeña (pelirroja como mi hijo menor Pablo) se ha dedicado a las artes con especial interés por el cine. Con ellos mantuvimos una relación afectuosa que nos llevó a visitar en plena primavera, la segunda residencia que tenían en Cervià. Una estancia de un par de días que fue una delicia incluida la fiesta popular del pueblo en donde disfrutamos de una cena y de un ameno baile. La familia continúa viviendo en ese mismo lugar, y al ser tan próximo a la Clínica, veo a Alicia de vez en cuando en la calle y de esa manera actualizamos nuestros saludos. Olvidaba señalar que Alicia es una mujer de pluma muy fina y escribe en un catalán delicioso. Debo agradecerle muy especialmente una muy cariñosa crítica a mi libro “A toda vela” haciéndome ver algunas cosas que yo mismo no había ponderado en su justa medida.
SEGUNDA VIVIENDA EN URÚS
(LA CERDANYA – PROVINCIA DE LÉRIDA)
Antes de nuestro traslado a Barcelona en 1990, mi hermano menor Manuel había decidido probar fortuna instalándose en España y dedicando una parte de su tiempo al negocio de la construcción de viviendas. Contaba con un socio de apellido Masipe, hijo de un español residenciado en Venezuela que era el gerente de la Editorial Salvat en Caracas. Compraron unos terrenos en Urús de la Cerdanya, muy cerca de la salida del Túnel del Cadi.
La primera casa que construyeron para la venta, fue diseñada por un hijo de mi hermana María Asunción, graduado con honores en la facultad de arquitectura de la Universidad de Navarra. Daniel Danés se encargó de proyectar dos casas. Una con un estilo atrevido, ya que era una vivienda estrecha y muy alta y además tenía amplios ventanales con marcos blancos lo que contrastaba con la casa contigua, que se construyó a paso más lento en una parcela de terreno mucho mayor y con un diseño más convencional. En cualquier caso, en una y otra se utilizo la madera de pino (para techos y puertas), revestimientos de piedra para los exteriores y un techo cubierto con tejas de pizarra. Estas dos construcciones se encontraban rodeadas en parte por complejos de casas aparejadas con jardines amplios y profusión de pinos y también por viviendas de alto standing ha juzgar por el tamaño de las casas y por la extensión de sus jardines.
Urús a diferencia de otros pueblos de la Cerdanya fue creciendo sin que se construyesen ni edificios ni comercios. Otros pueblos cercanos como por ejemplo Alp han ido crecido de una forma incontrolada al extremo de que ha sido necesario la colocación de semáforos para ordenar el transito de vehículos. De cualquier forma, todo el valle de la Cerdanya, atravesado por el río Segre es espléndido y hay numerosos caseríos y lugares que pueden visitarse. Por otra parte está la capital de la comarca Puigcerdà que aún conserva casa señoriales de gran categoría, como reflejo de cómo vivía la alta burguesía catalana en el pasado.
Durante los cinco años que hicimos uso de esta segunda vivienda recuerdo excursiones a diversos parajes de la sierra del Cadí y a diferentes sitios de montaña una vez traspasada la frontera francesa. La luz y frescura de la atmósfera en primavera y la maravilla de una fuerte nevada en invierno son experiencias memorables. La sensación de disfrutar de unos días de descanso, dedicado a la familia y amigos, sin olvidar el cuidado del jardín atendiendo los detalles que requieren atención en cualquier vivienda me traen un gratísimo recuerdo. Debo decir que la distancia, y en particular las dificultades impuestas por un tráfico muy denso, motivaron la decisión de vender la propiedad e invertir en otro sitio. Por fortuna logramos conseguir poco tiempo después una vivienda en la playa (Sitges) que también fue una delicia.
No quisiera terminar este apartado sin mencionar que estando en Urús resultaba relativamente fácil visitar Francia y también Andorra haciendo uso del automóvil. De esas excursiones guardo el mejor de los recuerdos y lo hemos considerado toda la familia como un verdadero privilegio, en especial mis hijos Andrés y Pablo, aficionados a los deportes de nieve.
CALLE EMANCIPACION, BARCELONA
Nuestra decisión de trasladarnos a un apartamento a sólo tres manzanas de donde residíamos antes, fue producto de que conseguimos una vivienda algo más barata, ubicada en la planta baja y con un espacioso sótano que se había habilitado como estudio. Tenía además una cancha de tenis y un pequeño jardín frontal al que se accedía a través de una terraza cubierta; al menos había un poco de césped y las macetas lucían algo más proporcionadas. Recuerdo que para todos significó una mejora, ya que siendo planta baja, se tenía además la sensación de mayor espacio al sentirse integrado a la calle y a los edificios ajardinados del entorno.
Estuvimos felices hasta que comenzamos a tomar conciencia de lo que significaba vivir bajo el régimen de alquiler. Sacando cuentas y valorando lo bajo de los tipos de los intereses hipotecarios, resultaba evidente que era necesario ir pensando en la adquisición de una vivienda. Al indagar sobre el costo de un piso en el vecindario y a pesar de que aún no se había iniciado el boom inmobiliario, las cifras estaban fuera de nuestro alcance. Tengo presente que en una de las visitas a Barcelona de mi hijo mayor Pedro Ignacio, él y mi esposa decidieron convencerme. No costó demasiado. Comenzamos a sacar números y tuvimos la percepción de que si conseguíamos algo en los suburbios, podíamos satisfacer nuestras ilusiones.
Mi esposa Haydée, primero sola y más tarde con Pedro Ignacio, fue visitando diversas opciones, hasta que se encontró con un edificio en construcción ubicado en Sant Cugat del Vallés, localidad cercana a la ciudad condal.
CALLE SAN RAFAEL, SANT CUGAT DEL VALLES
El edificio en construcción se encontraba en la calle San Rafael, en la vecindad de otro de mayor tamaño, que había construido un empresario con fama de ser un buen promotor inmobiliario, Francesc Pulido. Cierto es que nos impresionó muy favorablemente su equipo y las instalaciones de la empresa ubicada en la calle Beethoven justo enfrente de Radio Cataluña. Recuerdo las gestiones que realizamos y los trámites para la solicitud de un crédito. Para ese momento aún no había comenzado el alza del costo de la vivienda y la operación en su conjunto lucía razonable. En vista de que la cifra propuesta para la operación de compra y el monto de los intereses eran asumibles, firmamos la opción de compra y velamos con ilusión la terminación de la obra. Como suele ocurrir en estos casos, la aparición de imprevistos (principalmente un par de meses muy lluviosos) retrasaron su entrega, aunque para ser sincero estuvimos siempre complacidos con el ritmo que llevaban y con la calidad de los acabados. Terminamos haciendo “buenas migas” con los obreros y con el maestro de obras, y cualquier disconformidad era solventada por uno de los vendedores de la empresa, el Sr. González. El retraso en la culminación de la construcción y el momento de la entrega fue aprovechado para preparar meticulosamente la mudanza. Ya he dicho antes que nos hemos trasladado de vivienda tantas veces en nuestra vida que ya no sólo domino la operativa del embalaje -definiendo lo que es prioritario y descartando lo superfluo- sino que debo reconocer, que he derivado un deleite un poco extraño, ya que el traslado de todo lo que contiene una vivienda, implica que en algún momento te veas obligado a desplazar muebles y enseres sin estar habituado a ello. Agujetas y algún esguince suelen ser efectos colaterales imprevistos y no deseados, que luego se compensan cuando ya estás instalado a gusto.
El edificio de tres plantas y un total de 12 apartamentos, lucía como una edificación armónica, con entradas comunes muy luminosas gracias a la existencia de grandes ventanales. De dimensiones apropiadas y con un jardín común dotado de piscina y una gran palmera que tuvimos la suerte de que estando al frente de nuestra vivienda, fuese replantada en la parte posterior a pocos metros de nuestra terraza. Es curioso, pero en Europa, las plantas bajas, que son las que más nos gustan, tienen un costo inferior a los pisos ubicados en plantas superiores. Se supone que estando arriba hay menos riesgos de contaminación acústica, pero en cambio se corre el riesgo de sufrir más en los días calurosos.
De ese piso de la calle San Rafael guardamos un recuerdo muy grato. Hicimos buenos amigos y el conserje, era un soriano muy trabajador y atento que nos dispensó un trato preferencial digno de recuerdo. Aún de vez en cuando llega alguna correspondencia a esa dirección postal y mantenemos con él un trato muy cordial. De los vecinos, debo decir que pertenecían a la clase media y con profesiones muy diversas. Casi todos trabajaban para alguna empresa y uno de ellos era propietario de un colmado-frutería en Valdorreix. Nuestro vecino de arriba era un madrileño empleado en la empresa Nestlé desde hacía años y había sido trasladado a Barcelona desde Suiza. Su esposa era griega y hago hincapié en su procedencia porque tuvieron una niña que con los años y gracias al empeño de sus padres y de los maestros de escuela hablaba con fluidez cinco idiomas (catalán, castellano, griego, francés e inglés). Que duda cabe de que ese es el momento idóneo para aprender idiomas, sin que ello menoscabe la extraordinaria facilidad para los idiomas de la niña. Por cierto, resultaba gracioso que la llevaran al colegio en bicicleta; era una estampa enternecedora: madre dedicada y una hija dispuesta a lo que fuese necesario. La forma de desplazarse no suele ser una situación común en Cataluña a diferencia de lo que ocurre en los países nórdicos o en los países bajos. En Cataluña suelen usarse las motonetas para este fin.
Al cabo de un par de años mi esposa comenzó a entusiasmarse con la idea de comprar y trasladarse a un apartamento del edificio “blanco” ubicado al pasar la calle y al cual hice referencia antes. Más grande, espacioso, con tres plazas de parking, un trastero de ensueño y un jardín realmente hermoso. No tardé demasiado en sucumbir a sus continuas insinuaciones. Es cierto que en estos temas mi esposa Haydée me lleva mucha ventaja y dispone de un arsenal bien provisto para diseñar de una forma sutil y convincente, la “estrategia de asalto”. Razón tenía y bien valió el esfuerzo; el nuevo piso era mas espacioso y el jardín más grande y mejor cuidado.
CALLE CAN PICANYOL, SANT CUGAT DEL VALLES
Así con gran habilidad mi esposa convenció al Sr. Pulido para obtener una rebaja sustanciosa. Todavía era fácil conseguir un “techo” con esas características. De hecho, el mercado para la adquisición de viviendas de menor costo ya se había comenzado a modificar al alza. Por fortuna llegamos a tiempo. Entre otras cosas, pudimos elegir, y para colmo logramos adquirir el que tenía el mejor precio en comparación con los otros disponibles, asi como una ubicación muy cercana de la piscina. Lo que podía ser una limitación durante el verano (griterío de la chiquillada disfrutando del agua) era una delicia ornamental el resto del año. Equivalía a tener un espejo de agua casi privado ya que por allí no transitaba casi nadie fuera del paso esporádico de los vecinos que acudían a sus viviendas en el extremo sur del edificio. Debo además mencionar que el trastero más espacioso de los apartamentos disponibles era el nuestro (doble altura del techo) con lo cual yo ya me había hecho la idea de construir un segundo piso, a modo de altillo para que además de trastero funcionase mi taller de herramientas.
Una vez tomada la decisión, comenzamos a vender el apartamento de la calle San Rafael, aunque debo reconocer que la ilusión de mudarnos a un sitio más espacioso y lindo, mitigó la angustia y las molestias que generaron el no poder cumplir con nuestros deseos de forma inmediata. Tuvimos suerte, porque durante todo el tiempo que necesitamos para conseguir un cliente y cerrar el trato, el Sr. Pulido mantuvo su palabra e inclusive aceptó alguna pequeña reforma, y además, como habían transcurrido unos años desde el final de la construcción del edificio, renovó íntegramente la pintura dándole nueva vida a la vivienda.
El apartamento de San Rafael quedó en manos de unos conocidos encantadores. Laura Aguilar y su esposo Enrique Vilamaña fueron apropiadamente estimulados por mi esposa, para que compraran el inmueble. Haydée les insistió de buena fe y la verdad es que la decisión resultó providencial. Lograron la hipoteca y en estos momentos y como resultado del crecimiento a muy buen ritmo de la empresa constructora de piscinas que llevaba Laura en Sant Cugat, viven allí felices. Por nuestra parte estamos más que complacidos.
En Can Picanyol vivimos cuatro años disfrutando de un magnífico ritmo de vida. Al comienzo nuestro hijo menor Pablo estuvo con nosotros, pero luego se casó y montó techo aparte. Disfruté enormemente construyendo con mis manos el altillo del trastero y de esa manera pude dar cabida a una considerable cantidad de herramientas y objetos diversos propios de un taller de bricolaje. Compartían espacio con todas aquellas pertenencias y “trastos” de una vivienda, que no tienen cabida en otro sitio. Es así como puede definirse el contenido de un trastero; es increíble la enorme cantidad de cosas inútiles que un ser humano es capaz de acumular en corto tiempo. Pienso que debe ir ligado a un gen determinado, ya que así como hay gente que lo guarda todo, hay otros que no guardan nada y son igualmente felices. Yo pertenezco al primer grupo.
Capítulo aparte, merecen nuestros vecinos. Principalmente tres familias: los Batet, los Boix y los Salas. Con el resto también nos llevamos bien y cuando tocó (por riguroso turno) ejercer funciones de presidente del condominio, la labor estuvo facilitada por la actitud comprensiva del resto. Hay que pensar que tocaba resolver asuntos que implicaba erogaciones importantes, como lo fue la restauración del aparcamiento de vehículos, lo cual fue resuelto favorablemente hacia el final de nuestra estancia en ese sitio. Toca también hacer referencia a la triste desaparición de nuestra perra Tutsie. Enfermó y tuvimos que sacrificarla. Luego fue sustituida por Rommy, una perra labradora propiedad de Pablo y su primera esposa, que cuidamos durante los meses que permanecieron en los Estados Unidos. Una delicia de animal que deleitaba a sus amos con una mirada y conducta realmente excepcional.
Pues bien, se cumplió una vez más el ciclo. Llegaron mis dos hijos que residían en Venezuela y lo hicieron con sus respectivas familias. Como es natural y aunque cada uno tenía su vivienda, nuestro piso se llenó de nietos. Creo que fue ese el primum movens para que mi mujer, a raíz de alguna travesura de los niños jugueteando en el jardín y como consecuencia de una reprimenda vecinal que consideró excesiva, comenzó a pensar en la posibilidad de construirse una casa. Coincidió un buen día en el estacionamiento del edificio con Miguel Batet. Ella sabía que era arquitecto, pero lo que no tenía claro era el tipo de construcciones que hacía. Cuando le preguntó consiguió lo que buscaba: “claro que construyo viviendas unifamiliares, sobre todo he construido algunas fuera de Barcelona” le contestó Miguel. Le facilitó un folleto ilustrado de su empresa y allí encontró enseguida el estilo de la casa de sus sueños. Una vez tomada la decisión y después de haber sacado “cuentas” con mi hijo mayor Pedro Ignacio, comienza una etapa especialmente relevante a casi tres lustros de nuestra llegada a Barcelona. Yo insistía en la proximidad de mi jubilación en la Clínica Dexeus y en el hecho natural de que al final de un ciclo vital los planes de vivienda, deben reducirse en vez de ampliarse. Nadie atendió mi llamado y muy pronto entendí que era preferible sumarse a la iniciativa. No puedo ocultar que a mi también me parecía atractivo poder disponer de una casa tal como la tuvimos durante más de 20 años en Caracas. Un apartamento es otra cosa y la vida diaria en un régimen de condominio aunque ventajosa en algunos renglones (compartir gastos, seguridad, etc.) no deja de quitar una porción del quehacer íntimo de cada familia, a la vez que limita algunas iniciativas que requieren más libertad.
El primer paso consistió en poner el apartamento en venta y de seguidas conseguir un solar apropiado. Lo primero se consiguió con una rapidez sorprendente. Mi esposa, experta en estos menesteres, logró redactar un aviso que se publicó en una revista de anuncios de la comunidad en “Tot Sant Cugat”, dando las señas de identidad de la vivienda con suficiente gracia y precisión para conseguir de inmediato un comprador. La misma mañana en que fue publicado, se acercó un señor vasco, empleado de una empresa que le había destinado a Barcelona, y después de haber visitado sin demasiada fortuna varios apartamentos de la localidad, dio con el nuestro. Al mediodía del mismo día ya estaba dispuesto a firmar una opción de compra sin regatear el precio que mi esposa había considerado justo. En ese momento yo intervine para advertir que no me parecía sensato entregar el piso hasta que nosotros no resolviéramos el sitio de nuestro traslado. De hecho en ese momento aún no estaba decidido. Habíamos contactado al propietario de un solar en Valdorreix, pero eran apenas gestiones preliminares. El comprador se angustió un poco ya que estaba dispuesto a instalarse tan pronto como fuese posible. Se daba el caso que su mujer, era profesional de la medicina y había conseguido un traslado para ejercer en el propio Sant Cugat. Se abrió un compás de espera y en efecto ocurrieron varios hechos.
El vendedor del terreno en Valdorreix, nos ofrecía una porción de 1.000 metros cuadrados que venía a ser la segregación de una parcela mucho mayor en donde residían su esposa y en vivienda aparte un hijo con su familia. Desde un comienzo notamos la presión que ejercía su hijo para que no la vendiese al precio que habíamos convenido. Pero llegó un momento en que las gestiones habían culminado con la firma de un documento de arras por lo cual quedaba comprometido con la formal reserva de la operación. Nuestro arquitecto estuvo en un par de ocasiones sobre el terreno para ir planificando el proyecto y días antes de ir a formalizar la operación de compra, el vendedor nos comunica su decisión de romper el trato y se compromete a devolver, el doble de la cifra que habíamos abonado en el momento de firmar las arras. No nos sorprendió porque era evidente que el hijo en todo momento continuó ejerciendo una fuerte presión para impedir lo que estimaba como una operación desacertada. De todas formas, se habían creado de parte nuestra unas expectativas que resultaron fallidas y como siempre lo que toca decir es: “no hay mal que por bien no venga”.
A todas estas se introduce un nuevo elemento que incide en el curso de los acontecimientos. Después de analizar los pros y contras, decidimos vender el apartamento que teníamos en el complejo PARC DE MAR, en Sitges. No fue una operación fácil, pero una vez concluida, significó un refuerzo para acometer el proyecto de construcción de la nueva vivienda con mayor disponibilidad financiera. En esa vivienda de Sitges pasamos muchos fines de semana y cortas temporadas de verdadera delicia. El complejo era y continua siéndolo realmente hermoso, muy bien ubicado y con unos jardines de ensueño. Su ubicación en frente del mar y en uno de los extremos del paseo marítimo ofrece la facilidad de realizar paseos en bicicleta y de disfrutar las delicias del sol en un entorno placentero. Mención aparte, merecen nuestros vecinos, muchos de ellos de trato muy cordial y siempre dispuestos a conversar amigablemente. Con el tiempo, las visitas se van distanciando y mantener una segunda vivienda de “alto standing” para su uso esporádico, se cuestiona con preocupación. Llegó un momento en que no se correspondía con nuestro status y decidimos con acierto fusionar los recursos producto de la venta de ambas propiedades.
Quedaban tres frentes por cubrir. Por una parte conseguir una parcela de terreno de dimensiones apropiadas (en torno a los mil metros cuadrados) y con un precio asequible, resolver de qué manera debíamos almacenar nuestras pertenencias de Can Picanyol y de Sitges y finalmente, encontrar un sitio para vivir mientras se construía la nueva casa.
Mi esposa con la asesoría de mi hijo mayor Pedro Ignacio lograron reducir las alternativas a tres parcelas ubicadas en Bellaterra y me pidieron opinión. Yo me parcialicé por una que se encontraba en una calle sin salida y por tanto muy tranquila, colindante con un frondoso bosque, aunque con características topográficas no del todo claras. Cerramos trato, firmamos los documentos de rigor y la operación de compra quedó concluida para satisfacción de las partes. La limpieza de la vegetación que cubría el suelo se realizó después de comprometernos con las arras y al mismo tiempo fue en ese momento cuando logramos percatarnos de que existía una considerable pendiente, además de la rotura del tubo colector de aguas servidas en terrenos del municipio a pocos metros del borde de nuestra propiedad.
El almacenamiento de nuestras pertenencias se resolvió colocándolas en una parte de los galpones de la empresa encargada de nuestra mudanza a la Residencia “Las Lunas”, de Sant Cugat. Los muebles y otros enseres de Sitges los almacenamos en un “loft” de una masía que alquilamos en Valdorreix y en nuestro trastero de “Las Lunas” colocamos lo que cupo. Como puede apreciarse una verdadera aventura que requirió tomar decisiones “logísticas” de cierta magnitud. Al menos así lo percibí en ese momento y mucha gente no entendía qué era lo que estábamos haciendo.
CALLE CLEMENTINA ARDERIU 1 (“LAS LUNAS”)
SANT CUGAT DEL VALLES
A la residencia “Las Lunas” llegamos por recomendación de unos amigos y por fortuna el balance de nuestra permanencia allí ha sido muy positivo. Pudimos alquilar un pequeño apartamento con cocina que nos sirvió de residencia temporal en un rincón silencioso del edificio. La residencia consta de unos setenta apartamentos en régimen de condominio, unos más espaciosos que otros y con unos servicios comunes y un jardín muy bien mantenido. A ello hay que agregar un servicio de restaurante en un local amplio, bien amueblado y con utensilios de primera calidad. El servicio es aceptable y contamos con la suerte de que siempre fuimos atendidos muy amablemente. Durante los primeros meses salía más barato comer haciendo uso del variado menú del día que cocinar en casa
Lo que cabe destacar de esa etapa tiene que ver con la calidad humana de sus gentes. Tanto el personal de gerencia, recepción, enfermería y mantenimiento como en su conjunto los residentes del complejo, nos trataron con un afecto excepcional. Hemos hecho buenos amigos y con frecuencia nos invitan a compartir la mesa para platicar un rato y casi siempre a continuación de alguna actividad cultural que dice mucho de la sensibilidad de sus residentes. Mensualmente se organizan charlas, recitales de música, foros o se celebra la efemérides de alguno de los residentes. Tantas y variadas han sido las muestras de cariño, que he comentado a mi esposa en más de una ocasión, que todo ello podría considerarse como una modalidad de “adopción”, en el sentido figurado del término. Mi esposa Haydée tiene fama de ser una abuela muy bien conservada (con matices tropicales), dulce y con méritos propios por haberme “aguantado” durante más de 45 años. Yo, en cambio, paso por ser un profesional siempre apurado, locuaz e interesado en cosas muy diversas que se vieron potenciadas por la dedicación a la limpieza del bosque y al bricolaje en la nueva casa en construcción, lo que muchas veces me obligaba a circular por los pasillos del edificio con una indumentaria más bien propia de un obrero.
Podría concluirse que “Las Lunas” es un rincón de Sant Cugat de ubicación estratégica, que en su momento significó una inversión inmobiliaria muy acertada, que cuenta con gentes muy conservadas, felices con ese régimen que les ha simplificado sus vidas, que conviven armónicamente y se distraen sanamente. Como toca de vez en cuando, hay a quien se le agravan sus dolencias de una forma irreversible y ello forma parte del acontecer previsible para lo cual no queda más remedio que la resignación.
CALLE MARGENAT 11, BELLATERRA
La construcción de nuestra nueva casa en Bellaterra, requirió primero el acondicionamiento del terreno. Resultó evidente que se harían necesarias varias terrazas para disponer de varios niveles. Para ello recurrimos a un estudio de suelos y a la opinión experta de un sobrino hijo de mi hermano Pepe que por fortuna reside en Barcelona y que es experto en esa rama de la ingeniería. Gabriel, a quien reconozco como artífice de esa etapa ineludible, se encargó con gran eficiencia de definir lo que era necesario hacer, conseguir la rocalla granítica de dimensiones adecuadas y poner a nuestro servicio un operario competente en el manejo de un tractor con retroexcavadora. Antonio y su tractor se convirtieron en elementos indispensables para la construcción de los muros de contención, atendiendo las indicaciones de Gabriel, del arquitecto Batet, bajo la mirada experta del constructor Pedro Ruiz y del supervisor de la obra, nuestro hijo mayor Pedro Ignacio.
La construcción de las bases y los encofrados para vaciar el hormigón tardó lo que debía, y en esa etapa se tiene la impresión de que la obra no progresa al ritmo deseado. En esos momentos yo dediqué mis mayores esfuerzos en lograr que expertos podasen los árboles del bosque y en persona trabajé muchas horas en las labores de limpieza del terreno subyacente (en catalán el sota bosc). Con el paso de los meses fueron cumpliéndose sucesivamente cada una de las etapas. Colocación de ladrillos, poner en su sitio tubos de muy variado calibre, cavar el foso para la piscina, frisar, colocar los premarcos y decidir las características de los suelos para patios y pasillos externos, para las dependencias internas, las lozas de los baños y la decisión del tipo de material que debía utilizarse para cubrir el techo con un acabado distinto al de las tejas convencionales. Antes de finalizar el año 2003 cumplimos con una tradición que no conocía. Al “coronar”, es decir al finalizar la construcción de la loza correspondiente al techo, los obreros colocaron una bandera catalana (en nuestro caso acompañada por la de Venezuela) y comienzo así el aviso para que el dueño de la casa en construcción invitara a todos aquellos implicados en la obra, a compartir la mesa. La verdad es que guardo un vivo recuerdo de ese ágape que tuvo lugar en un ambiente cordial y que contó entre otros con la asistencia de los obreros con sus respectivas esposas. Piénsese en que si la bandera permanece izada demasiado tiempo, es indicativo de que el propietario está postergando el cumplimiento de esa obligación, o que no hay buen entendimiento entre las partes, en cualquier caso es una situación indeseable.
Yo iba mirando la marcha de la construcción sin que nadie prestase atención a mis observaciones. Mi esposa y mi hijo mayor me decían que me limitara a decidir sobre mi estudio en la planta alta. Ni siquiera intervine la hora de decidir sobre la ubicación de mi taller en el área del estacionamiento. Pero se cumplió la palabra y debo reconocer que en su conjunto la obra es espléndida, y que el estudio con su altillo y la escalera de acceso, constituyen hoy por hoy uno de los rincones más atractivos y acogedores de nuestra vivienda. Así como acostumbro a escribir en mi despacho profesional de la Dexeus, bajo el cobijo de “la solitud” que ofrece las horas tempranas del día, éste pequeño ensayo ha sido íntegramente escrito con el estímulo de la vista que tengo del bosque adjunto y, por fortuna a la luz de los espléndidos días que hemos disfrutado durante la mayor parte del otoño del año 2004.
Repito, el trío integrado por el arquitecto Miguel Batet, mi esposa Haydée y mi hijo mayor Pedro Ignacio controlaron a su gusto la construcción de una casa hermosa, grande y con acabados de primera, entre otras razones porque se insistía en darle de una vez un valor agregado por tratarse de nuestro principal patrimonio. Mi observación de que en plena madurez, lo que tocaba era limitar el proyecto tal como se hace al cerrar el diafragma de una cámara fotográfica, era refutada con insistencia y con la complicidad de aquellos encargados de manejar los fondos disponibles. También recuerdo el apoyo que mi esposa Haydée en esa materia, recibió de mi hijo menor Pablo. Pues bien, tenemos hasta un puente para llegar a la puerta principal y a la hora de equipar la cocina, los cerramientos con baranda metálica y de decidir el tipo de chimenea lo suficiente atractiva para dividir en dos ambientes nuestra sala de estar, no se escatimaron esfuerzos. También fue fácil entender que el diseño del jardín y la ejecución de las obras necesarias, (incluido el regadío automático), debía dejarse en las expertas manos de un profesional, como lo fue Xavier.
Escribo a escasos ocho meses de habernos instalado en la vivienda acabada después de una mudanza que disfruté como otras tantas y de haber colocado en su sitio los ornamentos y complementos que habíamos ido adquiriendo en los últimos tiempos, con la ilusión de poderlos disfrutar colocados en su sitio. La puerta de entrada principal es antigua, adquirida en un anticuario de la Bisbal del Ampordan, y hacia un lado hemos colocado una bomba para el achique de agua restaurada que tiene más de siglo y medio. En el hall de entrada colocamos un banco antiguo obsequio de mi madre y ese ambiente se ilumina de noche gracias a una gran lámpara en forma de araña construida en Sevilla. El comedor lo preside una gran mesa ovalada de onix que necesitó de una docena de hombres para colocarla en su sitio y las lámparas también son antiguas y bien conservadas. Entre el comedor y la sala hemos colocado una reja de hierro forjado con marco de madera que correspondía en posición vertical, a un antiguo ventanal y que ahora divide ambos ambientes pero en posición apaisada. En un pequeño rincón contiguo a la sala de estar, luce un vitral diseñado y confeccionado por un amigo venezolano Frank Buxonat. Cada vez que lo contemplo, me viene a la memoria lo que un artesano tiene que hacer para lograr su obra (tiene más de 400 piezas de vidrio en su gran mayoría horneadas en pequeños grupos para lograr la textura y transparencia apropiada). También compartir la gratificación que experimenta el artista al ver su esfuerzo creativo compensado por la aprobación de quienes le hicieron el encargo. Constituye un acto de complicidad genuinamente gratificante para ambas partes. También merece especial mención una escultura tallada en un tronco de madera de considerable dimensión, obra del escultor español Satial. Preside un patio interno decorado con un criterio minimalista (la escultura, un par de plantas, una garza de madera y una hormiga gigante de bronce, ambas de artistas venezolanos). La vista nocturna del patio con la escultura iluminada es realmente impactante. Mención aparte, aunque no se encuentra muy a la vista, merece una puerta que tiene colgados diversos instrumentos de carpintería utilizados por un ebanista hace algo más de un siglo. Describo esto porque estas piezas fueron adquiridas con la ilusión de verlas instaladas en nuestra nueva casa y significó no sólo un esfuerzo en el momento de comprarlas, sino además una buena dosis de paciencia para ver a cada una de ellas colocadas en su sitio.
Si tuviese que relatar aquí lo que significa para nosotros el poder disfrutar de esta nueva vivienda debo decir ante todo que constituye la culminación de un sueño que estamos compartiendo con familiares y amigos. Que duda cabe de que representa un privilegio y, a la vez, hay que aceptar que requiere ayuda para mantenerlo. Hemos contado con dos personas que han quedado a cargo de la ayuda doméstica y cuidado del jardín con eficiencia y esmero. Son de nacionalidad boliviana y ambos (Gladys y su hermano Pedro) llegaron a España como tantos otros inmigrantes, en busca de trabajo para poder mantener a sus respectivas familias en su país de origen. Por fortuna, con nuestra ayuda y la de nuestro apreciado vecino Juan María Carulla, han logrado regularizar su situación para residir y trabajar en España.
Nos encontramos en un lugar tranquilo, un poco distante de mi trabajo, aunque ciertamente dispongo de una comunicación vial eficaz. Mi nuevo régimen de trabajo en la Clínica Dexeus me permite disponer de más tiempo libre, lo cual aprovecho para disfrutarla y dedicarme a labores muy diversas. Soy muy sensible al clima frío (aunque sólo esté templado). Disfruto mucho del sol y para mi la luminosidad me vincula al trópico. Desde hace poco contamos con una chimenea funcionando eficientemente (al fin un buen tiraje) y disponemos de una buena reserva de leña de cosecha propia. Escribo estas líneas el primer día del año 2005 y hemos tenido tres encuentros familiares en fechas recientes que reafirman el acierto de poder disfrutar la casa en compañía de los nuestros. Primero, la celebración del onomástico de Pablo, luego la comida del día de Navidad y finalmente la celebración de la Noche Vieja.

A MODO DE CONCLUSIÓN
En este año de 2005 esperamos clarificar varias cosas. Por una parte hasta qué momento debo desempeñar al ritmo actual, mis obligaciones en el Institut Dexeus. Desde hace mucho he tenido la convicción de que los profesionales cuando llegan a la edad de jubilación, deben dar paso a las generaciones más jóvenes. En mi caso la circunstancia de haber sido el propietario del laboratorio de anatomía patológica han permitido un acuerdo con la gerencia de la clínica, mediante el cual el traspaso de esa dependencia pudiese verse compensado por mi permanencia en calidad de consultor. Ha habido un par de circunstancias que lo han hecho posible: por una parte la aceptación del Dr. Tresserra de que mi ocupación pudiese cumplirse con un horario flexible y, por la otra, la circunstancia de que en un par de años más, la clínica se traslada a otra sede y ese será el momento idóneo para renovar los equipos y hacer ajustes en el personal.
Otra cuestión que requiere esperar un tiempo, tiene que ver con la situación profesional de mis tres hijos. No ha sido nada fácil conseguir acomodo y continuidad en sus respectivas tareas. Dos de ellos vinieron de Venezuela siendo ya adultos maduros y con sus respectivas familias. En cambio mi hijo menor Pablo se graduó de médico y se especializó en Barcelona. Para él ha sido más fácil arrancar con buen paso y en estos momentos es quien disfruta de la situación más estable.
De todas maneras, el mundo da muchas vueltas y en ocasiones puede haber un giro que resulta difícil de predecir. Yo mismo, conjuntamente con mi esposa Haydée, tengo incertidumbre sobre qué es lo que resulta más conveniente para todos. A todas luces la casa de Margenat 11 es demasiado grande y difícil de mantener sin ingentes recursos. Era algo previsible y estamos estudiando la posibilidad de ajustar nuestro modus vivendi en una residencia más modesta y por tanto más funcional. Con ello podríamos viajar más frecuentemente e inclusive pasar temporadas más largas en Venezuela en donde aún vive mi madre, así como otros familiares y amigos de toda la vida. Como puede verse, hay alternativas. Estudiarlas, comentarlas y diseñar las acciones a tomar, forman parte de la vida misma y es obligatorio hacer un esfuerzo para que sean gratificantes.
En enero de 2007 logramos adjudicar una casa que decidimos construir para venderla al invertir el remanente de nuestros ahorros, ubicada en otro sector de Bellaterra. Siguiendo los lineamientos generales del proyecto elaborado una vez más por Miguel Batet, nos aventuramos con una vivienda de casi 600 mts cuadrados y con muy buenos acabados. Tanto la construcción como el control de la obra, estuvieron a cargo del mismo equipo que trabajó para Bellaterra 1 (en Margenat 11). Tanto nuestro hijo mayor Pedro Ignacio como mi esposa Haydée tuvieron una destacada actuación en la concepción y supervisión de la obra. Hay que reconocer que la operación en su conjunto fue una tarea ardua, muy en especial la consecución de un comprador. Por fortuna coincidió con el momento en que finalizaba el período de carencia del crédito bancario concedido.
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En marzo de 2008 se completaron los trámites para cerrar la venta de Margenat 11 en Bellaterra. Lo expuesto con anterioridad en relación con la conveniencia de vender esa residencia fue tomando cuerpo en el segundo semestre del 2005. Nótese que fue una decisión que abrió un compás de espera de más de dos años hasta que finalizó cumpliendose nuestras expectativas. Un respiro para unos abuelos que dedicados parcialmente al cuido del nieto menor Daniel (primogénito de Pablo y Rosa), ya que se logro, como veremos, acortar la distancia desde las afueras de la ciudad Condal al centro de la urbe (entre la Sagrada Familia y el Hospital San Pau) en donde ellos residen.
CALLE CONSEJO DE CIENTO (ENTRE RAMBLA DE CATALUÑA Y PASEO DE GRACIA), BARCELONA.
En primavera de 2008 alquilamos un céntrico piso en el Eixample barcelonés. Un cambio notable en todo sentido. De un ambiente tranquilo, silencioso
y en íntimo contacto con la naturaleza, ubicado en el Valles Occidental de la Provincia de Barcelona, nos trasladamos a un tercer piso de un Edificio construido ya hace muchos años, dependientes de un vetusto ascensor que nos traslada, cuando funciona, a un nivel equivalente a la quinta planta. Por limitaciones de espacio, de todos nuestros enseres conservamos los más valiosos y hemos ido entrenándonos con inusitada habilidad, a la utilización de un hábitat de dimensiones mucho más reducidas pero en cambio con una ubicación privilegiada, en lo que se ha denominado como El Quadrat d’Or de la Ciudad. Una zona repleta de Galerías de Arte y en medio del bullicio de una metrópoli llena de gente de la más diversa procedencia y tipología. En el diario transitar se escuchan idiomas, gestos y un tono vital de muy diverso tipo. Se tiene la impresión de estar “en donde está la gente”. En Bellaterra pasábamos muchas veces semanas sin topar con transeúntes, fuera de los emigrantes (la mayoría latinoamericanos) acudiendo a sus sitios de trabajo en las residencias del lugar.
Estamos recién comenzando esta nueva etapa con expectativas de haber tomado una decisión acertada. Lo que si es indudable es que hemos mejorado nuestra posición para ejercer de “canguros” con gran beneplácito (el nieto menor nos queda ahora mucho más cercano). Hay otras compensaciones que tienen que ver con un ritmo de vida distinto, y quizás por ello, con matices de momento gratificantes.
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Este ensayo ha sido motivado en buena medida por lo que acabo de relatar y está escrito con la íntima convicción de que todo ser humano, es en buena medida el resultado del hábitat, teniéndose como tal, el conjunto de condiciones ambientales en las que se desarrolla la vida. El techo, es el elemento esencial en la existencia de cualquier individuo o grupo familiar y la morada equivale a la estancia, es decir, el hecho de estar durante cierto tiempo en un lugar. De esa manera puede darse por atinado el título empleado: HÁBITAT, TECHOS Y MORADAS.
Para terminar quisiera destacar que en buena medida he disfrutado de todo ello con una compañera de excepción. Mi esposa Haydée ha sido artífice (en el sentido de creadora) de buena parte de lo que aquí he relatado. Percibió desde el comienzo de nuestra relación conyugal, la importancia que tiene para una familia disponer (de ser posible) de una vivienda confortable y de preferencia con la máxima independencia posible. Ha estimado de una forma entrañable a sus hijos con sus familias, pero siempre ha insistido que cada núcleo familiar debe tener techo propio y así ha sido. A pesar de que esa decisión pudiese tomarse como una limitación, debo decir que ha sido ella quien ha mantenido una relación envidiable con “su gente” muy por encima de lo que yo he sido capaz de darles en mis ratos libres. Así ha sido, y quiero por ello concluir, rindiéndole mi natural reconocimiento por tan espléndida contribución. Tengo el presentimiento de que manteniéndonos unidos y ponderando cada una de las decisiones con paciencia e ilusión llegaremos a buen puerto.


EPÍILOGO
A modo de epílogo (parte final añadida a algo ya acabado) quisiera incluir un escrito en catalán, como homenaje a un gesto muy particular, que tuvo a bien brindarme una muy apreciada ex-vecina del paseo de la Bonanova en Barcelona, Alicia Ventura. Se dio el caso de que le hice llegar un ejemplar de mi último libro “A Toda Vela” y en un encuentro casual por la calle, me anticipó lo mucho que le había gustado. “Piense”, me decía Alicia, “que aún no lo he terminado, pero con lo que llevo leído, estoy encantada”. En conocimiento de su afición por la escritura, le pedí que hiciese cuatro líneas con su opinión sobre la obra. Cumplió con su promesa y me entregó el texto en catalán que reproduzco textualmente y en el idioma original. Sirva esta hermosa experiencia para reafirmar mi convicción de que recorriendo el mundo es posible encontrar personas como Alicia capaces de captar y apreciar el sentido de lo que un ser humano es capaz de expresar. No sabe ella que utilizo sus generosas palabras al final de este relato, y por ello, le anticipo muy sinceramente mi agradecimiento.
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Estimat Doctor Grases,
En primer lloc voldría agrair-li ben sincerament la oportunitat que he tingut de llegir el seu llibre A TODA VELA. Tot un privilegi! Com també ha estat un gran privilegi el fet d’haver conegut, de tan aprop, a una persona extraordinària.
S’em fa difícil la tasca d’argumentar sobre una eminència com és vostè Doctor Grases-. Qui sóc jo per donar la meva opinió!? Una simple novel.lista? O potser millor dit, “una novel.era”. com sempre m’ha anomenat i considerat la meva mare?
Però com diuen avui dia, em llançaré a la piscina. I malgrat que la profunditat sigui massa per mi, li puc assegurar que els meus arguments han estat ben estudiats per expresar-li el que realment penso y sento.
El seu llibre m’ha semblat excel.lent. Ben tractat, de lleguatge culte, d’un estil narratiu contràctil, propi dels grans erudits en discursos científics d’alt nivell. De lectura amena, agradable i puntualment elegant fins al final.
Des del començament del text s’hi evidencia una voluntad. Una inquietut per expresar unes vivèncias pròpies, conscient d’haver estat testimoni d’unes realitats entranyables, tan especials, que han esdevingut imprescindibles per sortir a la llum pública.
Però dins quin genere literari podríem qualificar A TODA VELA? Es tracta d’una versió autobiogràfica!? Un testimoniatge!? Un estudi científic de gran vàlua!? Un assaig social i alhora una síntesi política!? Tan se val. Qué más dá el género. Lo importante es que la obra del Doctor Grases es un documento imprescindible.
L’apartat autobiogràfic resulta molt interessant donat que es tracta d’una persona destacada amb un destí implacable per les imperioses circumstàncias d’una guerra civil. Fill d’un home de gran rellevància dins el marc polític català com a Secretari de l’Alcaldia de Pi Sunyer a finals mitjans dels anys treinta. Quanta tinta podríem emprar per resaltar l’indubtable protagonisme d’aquells grans homes que ho donàren tot per un ideal: “un herois”. Segurament els grans protagonistes del segle XX? Però encara avui dia la Societat no a copsat en tota la extrema profunditat el que tots nosaltres debem a aquells grans catalanistes. Aquí em permeto “robar” l´expressió del Doctor Grases quan parla de “limitacios humanes”. Tenin en compte aquesta breu reflexió, malgrat respirar un cert aire novel.lesc, si més no, captivador, “me sabe a poco” l’apartat auto-biogràfic del Doctor Grases.
L’autor ens va endinsant en la seva trajectòria acadèmica i profesional. Un bon alumne que desde el principi es perfila con un bon estudiant. Copsa des del bon començament la gran estima per la docència que el va situant com el gran educador. La persona amb el do inqüestionable de desitjar apendre per després poder ensenyar als altres. Estem davant d’un idealista? Quin dubte hi ha!? Ja ho vèiem més endavant quan vol aconseguir un món millor, sempre compromès amb l’entorn acadèmic, laboral i social que trepitja.
L’obra ens va amenitzant amb tota mena d’experièncias personals meravellosas, Europa, USA.... treient tot el substrat dels diferents països visitats i la gent coneguda ..... El professor d’Oxford, l’eficiència d’un Hospital infantil als EEUU. Tot explicat en un vaivé realment “exciting”, com un viatge per la vida...
En l’apartat diríem socio-politic, el Doctor ens condueix a una mena d’assaig polític en base a les democràcies. Gairebé un tractat per la seva magnífica descripció i contingut. Enmig d’una miscel.lania de reflexions comunes amb el lector l’autor intenta aconseguir una auto-determinació. Un gest molt comprensible donat el caràcter incisiu del tema. Un apartat que pot donar lloc a determinades controvèrsies segons les ideologies polítiques d’alguns lectors. Que no és el meu. Jo estic d’acord amb totes les consideracions exposadas pel Doctor Grases. Precisament per això mateix, valgui la redundància, perquè són consideracions. I que cadascú en tregui la seva pròpia opinió. L’autor expressament s’esforça en fer-nos adonar dels diferents matisos i vessants. Un estudi molt d’agrair i, per tant, molt lluny de ferir la sensibilitad política de ningú. Deixant apart les democràcies em voldria centrar en el relat sobre Venezuela. El Doctor enterneix quan ens fa adonar del seu gran amor per les terres que acolliren la familia Grases. Quasi commou percebre la dicotomia existent en el seu interior. Es difícil, fins y tot per ell mateix, l’elecció entre les seves dues “mares pàtria” tan estimades. Es obvi la lluita interior quan subratlla les grans possibilitats i recursos naturals de Venezuela. Quan entre líneas s’endevina clarament el desncís cap un país que ell s’estima, on formà una familia i on nasqueren el seus fills. Un desencís per un país pel qual tant a lluitat per afavorir-lo. La culminació del buit interior queda ben palès quan en un dels pàrrafs finals es pregunta a si mateix si hauria o no de tornar a Venezuela i lluitar per la causa fins al final. En llegir-ho em vaig emocionar.
Ara voldria parlar de la vessant humana del Doctor Grases y familia Grases reiterant la meva tendència literaria. Em resulta a contracor fer la paràfrasi d’un text sinó és en registre novel.listic. Encara que tots sabem que l’accepció novel.la és ficció, intentaré reflectir en flash-back uns passatges de sentiments i fets absolutament reals.
“Corria vertiginós l’any noranta, feia tres anys que vivíem al Passeig de la Bonanova. Bon barri, però no tant en les relacions amb un veinatge imcomprensiblement hostil.
Un dia, mentre tancava la porta de l’apartament, sentí una veu amable darrere meu que em féu tombar depressa:
- Senyora, sóc el Doctor Grases. Com està?
Un senyor molt alt, ben plantat, elegant, prim, m’allargava la mà de la manera més cordial que havia vist mai. No em donà temps a respondre. Fou tant ràpid.... Li vaig estrènyer la mà.
- Sóc el nou veí! Senyora té nens!? A mi mágraden els nens. He vingut a l’apartament de moment sol. La meva dona i el nostre fill menor Pablo, s’han quedat a Venezuela. Vindràn d’aquí uns mesos.
Això fou tot. Però a mi em sembla fantàstic. Quina persona, quin cavaller, tot un senyor i tan senzill alhora. M’impressionà, intuïa que estaba davant d’algú poc freqüent. Aixi vaig conèixer el Doctor Grases.
Haydée em va semblar exquisita, tan elegant, amable i carinyosa. I josefa, tan amable y bona. Recordo com es sincerava amb mi mostrant-me fotografies del seu fill. Es veia que enyorava el seu país. I Tootsi? Jo no he vist mai cap gos que rigui, doncs puc assegurar que aquell quasi ho feia...
Amb el temps vam establir una gran amistad amb la familia Grases. Les experiències viscudas foren diverses, pròpies d’una relació basada en el respecte i la consideració.
Recordo a un jovenet Pablo Grases, pèl-roig com la meva filla menor, demanant-me un troç de llimona pel seu té de la tarda. Una delicia de noi, tan warm, que semblava de “peli” americana, en el bon sentit. Jo estava enamorada d’ell. Aquí a Catalunya no en tenim com ell, pensava jo. I tan bon estudiant. Jo confiava en el seus diagnòstics mèdics quan jo li demanava consell...
I passàrem moments bons i situacions més colpidores. Recordo en una clínica assegudes la Sra. Roig i jo consolant a l’Haydée... acabaven de intervenir el Doctor Grases.
I la nostra visita a Urús. I el Doctor Grases conduint el 4x4 per mostra-nos orgullós els pics alts d’aquelles contrades. Ell sempre tan amant dels paratges bells, sempre captant una instantània idílica, etèria...
I la seva visita a Cervià. Encara veig al Doctor estirat damunt l’herba tendra de la Primavera, els braços en creu mirant el cel lluminós. I després la visita a l’Escala. I una nit en la festa popular del poble, el Doctor ballant feliçment amb la seva esposa Haydée, i explicant les seves gestes a la taula mentre tothom se l’escoltava embadalit...
Lluis i jo vàrem tenir la satisfacció d’assistir a una conferència del Doctor Pere Grases Senior, a Vilafranca del Penedès, el seu poble natal, en una de les seves visites a Catalunya. Recordo perfectament aquella veu càlida, catalana, pròpia d’una escola d’homes com no n’hi haurà mai més. Els meus herois, el catalans il.lustres i mil adjectius més. Quin orador, la sala plena a vessar ni respirava escoltant el discurs d’un home que quasi plorava al referir-se els seus companys d’exili. Un mestre, d’una bonhomia excepcional.
I moltes altres vivències totes realment entranyables. A vegades d’una gran qualitat humana quan la crisi econòmica després de les Olimpiades del 92. I moltes altres coses...”
Jo conec la vida i obra del Doctor P. J. Grases. On comença la seva vida on acaba la meva novel.la?
Per mi A TODA VELA ha estat una constatació, una reafirmació de la figura d’un home savi. Aquí, voldria fer esment a l´afirmacio més alturista emprada pel poble ras en referir-se a unes persones de les seves caraterístiques Doctor Grases. Un savi de debó, millor dit, com diuen a l’Empordà, vostè és “un cap de brot”. El cap de brot és la part millor de la planta, la més tendra, la més gustosa, en definitiva, la millor part. I allí, a la ruralia profunda, on el praticisme i l’empirisme són l’única y veritable filosofia, el definirien com un home savi. Ah! Exclamarien fent un gest irrefutable “EL DOCTOR GRASES ES UN CAP DE BROT”
En la meva opinió A TODA VELA defineix la figura d’un gran científic, un mestre, un humanista. Obra imprescindible a l’alçada de les millors i digna d´estar entre les lletres catalanes i estrangeres.
Finalment em permeto citar un fragment de la filosofia d’Arthur Schopenhauer. Sempre he estat d’acord que en l’essència de la seva teoria podem trobar la clau de tota actitud i desenvolupament. “En la voluntad está la raíz metafisica de la moral. La voluntad está presente en el fondo de toda realidad, guía el conocimiento, es el deseo de vida, la tendencia, la aspiración, la fuerza que pone en movimiento toda la naturaleza, tanto del animal como del hombre”
Gràcies Doctor Grases

Alicia
Des.2004
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CRONOLOGÍA
INFANCIA
PASEO DE SAN JUAN, BARCELONA (1934)
Lugar de nacimiento.
BARRIO DE GRACIA, BARCELONA (1935)
Primer traslado dentro de la propia cuide de Barcelona.
ÉPINAL – LA CHAPÉL au BOIS, FRANCIA (1937)
Sitio de acogida en calidad de emigrantes.
VENEZUELA - MARACAY (1937)
Vivienda temporal a nuestra llegada a Venezuela

NIÑEZ Y JUVENTUD TEMPRANA
CARACAS LA FLORIDA
QUINTA COSCORRÓN (1938)
Primera vivienda en La Florida.
QUINTA KETTY (1940)
Inicio de vivienda compartida con otra familia catalana.
QUINTA ARÁNZAZU (1942)
Consolidación del régimen de vida con compatriotas (incluidos amigos y visitantes catalanes).
VILAFRANCA DEL PENEDES (PROV. DE BARCELONA ESPAÑA)
CALLE MÁRTIRES 11 (1945)
Retorno a España debido a la limitación de vivienda en los EE.UU.
CAMBRIDGE (MASSACHUSETTS, EE.UU.) (1946)
Residencia en la ciudad sede de la Universidad de Harvard, sitio de trabajo de mi padre.
ARLINGTON (MASSACHUSETTS, EE.UU.) (1946)
Residencia en las afueras de Boston, cedida por el Profesor Amado Alonso durante una parte de su año sabático.

ADOLESCENCIA
CARACAS - LA FLORIDA
- PENSIÓN LOS JARDINES (1946)
Residencia transitoria a nuestro regreso de los EE.UU.
CARACAS - ALTA FLORIDA (AVENIDA SAN MIGUEL)
QUINTA JACOSELA (1947)
Reinicio en régimen de vivienda compartida con los Vallmitjana.

ADULTEZ
CARACAS – LA CASTELLANA
AVENIDA MOHEDANO 9 / QUINTA VILAFRANCA. (1948)

Casa de nueva construcción, sitio de residencia de los Grases-Galofré en Caracas hasta hoy en día.
BUENOS AIRES (ARGENTINA)
CALLE CHACABUCO (1951)
Continuación de la carrera de medicina en La Argentina como consecuencia de la clausura de la Universidad Central de Venezuela.
CARACAS - LA CAMPIÑA
APARTAMENTO DE PEPIS (1959)
Residencia temporal a nuestro regreso de la luna de miel.
ELOISE (MICHIGAN, EE.UU.) (1959)
Residencia cercana al Hospital de Wayne, primera etapa de mi entrenamiento de postgrado en los EE.UU.
WASHINGTON (DISTRITO DE COLUMBIA, EE.UU.) (1960)
Residencia en las cercanías del Instituto de Patología de la Fuerzas Armadas.
SILVER SPRINGS (MARYLAND, EE.UU.) (1962)
Traslado a los suburbios de Washington hasta la culminación de mi entrenamiento de postgrado en EE.UU:
SAN CRISTOBAL (ESTADO TÁCHIRA) (1962)
URBANIZACIÓN LAS LOMAS
Lugar de residencia familiar durante mi trabajo asistencial y docente en el Hospital Central de San Cristóbal.
PROVINCIA DE BARCELONA
DIAGONAL – SABINO DE ARANA, BARCELONA
(fechas diversas)
Residencia habitual en Barcelona.
MONTASPRE – OLERDOLA
COMARCA DEL PENEDÉS
Residencia de campo de la familia Grases-Galofré durante algo más de 50 años.
CARACAS - CAMPO ALEGRE
RESIDENCIAS COUNTRY (1964)
Primera vivienda estable de los Grases-Briceño.

MADUREZ
CARACAS - LOMAS DEL CLUB HÍPICO (QUINTA L’ AVI) (1966)
Vivienda habitual (durante algo más de 20 años) de la familia Grases-Briceño en Caracas..
KAPPEL (FRIBURGO – REP. FED. DE ALEMANIA). (1970)
Alojamiento cercano a Friburgo durante la permanencia en el Ludwig Aschoff Pathologishes Institut de la Universidad Albert Ludwig.
PASADENA (CALIFORNIA, EE.UU.) (1982)
Residencia temporal en el Condado de los Ángeles durante mi trabajo en la Universidad de California del Sur, en disfrute de una parte de mi año sabático.
OXFORD (INGLATERRA) (1984)
Estadía en el Green College de la Universidad de Oxford bajo el patrocinio de la Fundación Armando y Anala Planchart.
CARACAS
ALTA FLORIDA (QUINTA DE MONTES DE OCA) (1987)
Residencia temporal para poder cumplir con compromisos familiares y profesionales mientras concluía la construcción de nuestra próxima morada en Residencias Parque Peñón
URBANIZACIÓN EL PEÑÓN (1988)
RESIDENCIAS PARQUE PEÑÓN
Vivienda en propiedad horizontal, adquirida y equipada con la expectativa de permanecer allí durante muchos años.

VEJEZ
PROVINCIA DE BARCELONA
PASEO DE LA BONANOVA, BARCELONA (1990)
Primera vivienda alquilada durante la etapa de trabajo en el Instituto Universitario Dexeus de Barcelona
SEGUNDA VIVIENDA EN URÚS
(LA CERDAÑA – PROVINCIA DE GERONA (1991)
Lugar de esparcimiento en la pequeña población de Urús en el valle de La Cerdaña, al norte de la Provincia de Girona.
CALLE EMANCIPACIÓN, BARCELONA (1992)
Apartamento cercano al lugar de trabajo en un entrono más tranquilo y ubicado en la planta baja de un edificio con un pequeño jardín.
CALLE SAN RAFAEL, SANT CUGAT DEL VALLES (1994)
Primer apartamento en propiedad, ubicado en la población de Sant Cugat del Valles, aprovechando las facilidades de comunicación con Barcelona a través de los Túneles de Vallvidriera.
CALLE CAN PICANYOL, SANT CUGAT DEL VALLES (1996)
Nuevo apartamento más espacioso y con un jardín más amplio y mejor mantenido, aparcamientos múltiples y un trastero-taller de ensueño.
SITGES, PARC DE MAR (1997-2001)
Lugar de veraneo, espléndido, soleado y acogedor. Allí disfrutamos de un "refugio" en un gran complejo residencial ajardinado con frondosa y muy cuidada vegetación. Los vecinos, gente cálida y receptiva, nos traen recuerdos de muy grata rememoración.
SANT CUGAT DEL VALLES
CALLE CLEMENTINA ARDERIU 1 (“LAS LUNAS”) (2002)

Sitio de residencia temporal mientras se construía nuestra casa de Bellaterra. Espléndidas instalaciones, aunado a un ambiente humano entrañable.
CALLE MARGENAT 11, BELLATERRA (2004)
Nueva vivienda espaciosa y de diseño (arquitecto M. Batet atendiendo los lineamientos generales de mi esposa y bajo la supervisión de mi hijo mayor Pedro Ignacio) Lugar de ensueño colindante con un bosque y en medio de un silencio acogedor. Disfrutamos de sus encantos en compañía de familiares y amigos.
A MODO DE CONCLUSIÓN
CALLE CONSEJO DE CIENTO 302, BARCELONA (2008)
Piso remodelado, en la tercera planta (que es la quinta) de un edificio viejo en pleno Distrito del Eixample de Barcelona. Aunque nos ha obligado a reducir nuestro espacio vital y a prescindir de un buen número de nuestros muebles y enseres, nos sentimos ahora más próximos a nuestro nieto Daniel, por ahora el más pequeño, esperando la llegada del séptimo, una nieta que llamaremos con igual ternura, Claudia. Atenderles desde la cercanía, refuerza nuestra condición de abuelos y ello enriquece nuestra vida afectiva. Que nunca falte.
EPÍLOGO

2 comentarios:

ERIRE dijo...

Admiro la forma envolvente y acaparadora que tienes de escribir. Ojo! me refiero a la palabra acaparar en sentido vivencial, no comercial.
Cariñosamente
Beatriz Lander

Ana Maria dijo...

Querido y admirado Dr. Grases:

Me parece increible lo que acabo de leer; y es que despues de tanto tiempo buscando saber de Ud. y su familia, despues de haber escrito tanto correo electronico a todas partes sin respuesta, despues de haber enviado tanto correo (que ha sido devuelto) he encontrado una forma de comunicarme con Ud. No puedo creer que de una u otra forma me pude conectar con el ser humano mas maravilloso que he encontrado en mi vida. Quizas Ud. no se acuerde ya de mi pero yo fui su secretaria en la Clinica La Floresta de Caracas por los años 1985,86,87,88…(soy Ana Maria) en ese entonces Paredes de Almeida. Me he deleitado con esta historia tan linda que me transporto por instantes a mi querida y adorada Venezuela. Que tiempos aquellos... Si llega usted a leer esto por favor comuniquese conmigo: anafer2008@live.com. Casualmente recibi ayer de vuelta una carta que le escribi a España hace mas de un mes y tengo todas las demas recibidas de vuelta siempre que he tratado de localizarlos. Le mando mis mas sinceros deseos de salud, vida, y union familiar. Los quiero mucho y los recuerdo con muchisimo cariño... Por favor comuniquense conmigo.